MADRE NO HAY MAS QUE UNA. El desenlace

A las siete de la mañana, sonó el teléfono en el cuarto de estar. A Velkan le pareció oírlo a kilómetros de distancia. Se había tirado media noche despierto esperando que su madre volviese, y no lo había hecho. Cuando se dirigió a cogerlo, sabía que sólo podían ser Yuri o su madre, y mejor que no fuera el primero.

-¿Si?

-¿Velkan Popescu?

-Sí, soy yo. ¿Quién es?

-Soy Celestino Romerín. Llamo del Hospital Rafael Alcázar. Su madre, nos ha facilitado este número. Anoche tuvo un accidente.

-¿Qué ha pasado?

-Lamento no poder darle esos datos, soy sólo un celador. Ella quería que supieses que está aquí ingresada…

-Pero ¿está bien?

-Está en la UCI.

-…en la UCI… ¿puedo verla?

-No se permiten visitas antes de las doce, sólo una persona y con permiso del médico, que tendría que autorizarla.

-¿Pero puedo ir y hablar con él?

-Venga a Urgencias y pregunte por mí, Celestino Romerín.

-De acuerdo, salgo ahora mismo.

Se vistió deprisa y corriendo, con la mente dispersa y un nudo en la garganta. Al final se iba a quedar huérfano de verdad. Cuando salía de la vivienda, se dio de bruces con Yuri. ¿Dónde vas? – le preguntó airado. Mi madre está en el hospital, tengo que ir a verla - contestó el chico. En el hospital, a ver cuéntame eso…Velkan le contó cómo su madre se había marchado la tarde anterior y cómo lo acababan de llamar del hospital. Yonky de mierda – chilló el ruso- no se puede confiar en una drogadicta asquerosa. ¿Y tú querías desintoxicarla? Quédate aquí, yo iré a ver cómo está…no te dejarán entrar, ha dado mi nombre y tú no eres familia. Nadie creería que eres su hijo– le replicó el crio. Pensativo, Yuri comprendió que no tenía opciones mejores, así que decidió quedarse el en la casa, alguien tenía que vigilarla.
Habría pasado media hora, cuando desde el sofá, escuchó ruidos en el descansillo de la escalera. Cuál no sería su sorpresa, cuando al asomarse a la mirilla, vio a un cerrajero arrodillado y a un tipo rondando los cuarenta de pie a su lado. ¡Estaban intentando entrar en la casa!

-¿Qué hacen? Si no se marchan ahora mismo, llamaré a la Policía.

-Llama a quien quieras - chilló el que estaba de pie, mientras que el cerrajero acuclillado, lo miraba con la cara extraña… oiga, ¿no me había dicho que era su casa? ...Y es mi casa, pero se me han metido ocupas…yo no quiero rollos raros, me marcho…tú de aquí no te mueves hasta que abras esa puerta. Mírame a la cara: cueste lo que cueste.

-No le haga caso, le está mintiendo. Yo vivo aquí toda la vida…

-… ¿pero no oye el acento? ¿Que con ese castellano, vive aquí toda la vida?. Le doy mi palabra de que no miento. Abra la puerta.

-No lo haga, he llamado a la Policía, estarán aquí en cinco minutos. Ellos se encargarán de arreglar esto.

-Siga. Cuando llegue la Policía, con la puerta abierta, podre demostrar con las escrituras en la mano que el legítimo propietario soy yo y ese hombre un impostor.

La situación era incómoda, pero Bartolo, que así se llamaba el operario, percibió la seguridad con la que hablaba su cliente. Parecía, sin duda, más contundente que los comentarios de aquel extranjero de acento raro. Además, sabía que se estaban ocupando muchos pisos, así que el escenario que le estaban dibujando tenía lógica. Siguió trabajando hasta que la puerta principal cedió. Al otro lado, acertó a ver unos mocasines de color blanco, que se acercaron peligrosamente a su cabeza en forma de patada. Cayó de espaldas y con la fuerza del impacto, se golpeó la cabeza con la caja metálica de herramientas. Ahí se quedó, con la cabeza abierta, sangrando como un cerdo. Con el cerrajero fuera de la ecuación, Yuri se abalanzó sobre el hijo de Marta. Éste, asustado, retrocedió y fue a resbalarse con la sangre. Trastabilleó y cayó escalera abajo. Lo frenó el siguiente tramo de escalera, donde quedó desmadejado. Yuri, lo saltó y se dirigió a la calle. Con la puerta forzada, ya daba igual que se quedase dentro de casa, no podría atrincherarse. Era el momento de retirarse.

Al llegar a Urgencias, Velkan preguntó a todo el mundo por Celestino Romerín. Nadie había oído ese nombre en su vida y no había ingresada ninguna Alina Popescu. Tal vez se hubiera equivocado de centro, así que preguntó en que otro podía estar su madre, y uno de los guardias de seguridad, tras desalojarse del edificio, se apiado de él y le dijo que era el único centro hospitalario de la ciudad con Urgencias, que el resto eran clínicas privadas. No sabía qué hacer, así que volvió a la casa. En la puerta encontró una ambulancia, un coche fúnebre y dos de policía. Pasó de largo.

Marta llamó una y otra vez a su hijo. Tenía a la rumana atada sobre la cama, pero no le hacía gracia estar a solas con ella. A mediodía, mientras se hacía un sándwich encendió la televisión en la cocina: ”Un suceso desgraciado se ha producido hoy en el Barrio de la Alegría. Al parecer el propietario de una vivienda que había sido ocupada, se ha personado con un cerrajero y ha intentado acceder a su casa, pensando que estaba vacía. Sin embargo, uno de los ocupas, ha salido de pronto, según el testimonio de la vecina de enfrente, y le ha dado una patada al cerrajero que le ha ocasionado una fractura de mandíbula y otra de cráneo. Se encuentra ingresado en el Rafael Alcázar con pronóstico reservado. Peor suerte ha corrido el propietario, que presuntamente ha sido arrojado escaleras abajo, fracturándose la base del cráneo contra uno de los peldaños. El cadáver está siendo trasladado al instituto Anatómico Forense en estos momentos, para su autopsia…” Apoyada sobre la encimera, Marta cerró los ojos e intento alejar de su cabeza la imagen de su hijo corriendo hacia ella por el pasillo en el tacatá. La imagen de su hijo la primera vez que vio el mar. La imagen de su hijo de la mano de Joaquín, por el paseo de la playa. La imagen de su hijo, a su lado en la cama la noche de Reyes. La imagen de su hijo, el día de su graduación en la Universidad. La imagen de su hijo, al salir de casa aquella mañana…cogió el bolso y bajó a la calle.

En la esquina de la calle Santa Rita, se cruzaron Marta y Velkan. La primera buscaba un camello y el segundo a su madre. Ambos se miraron un instante y siguieron su camino. Pagó el triple que cualquier consumidor, por un gramo de heroína. La estafaron, pero le dio lo mismo. Pidió que le preparasen el pico. Ponlo todo - le dijo al camello. Señora, todo es mucho. Con esto hay para varias veces. Si es la primera vez, mejor que se la fume… Metete en tus asuntos. Yo voy a pagar lo que me has pedido, y tú vas a preparar lo que yo te diga. El otro meneo la cabeza y le preparo la chuta. A continuación, salió hacia al Anatómico Forense, reconoció el cadáver de su hijo y supo que nunca olvidaría su cuerpo sobre la mesa metálica de autopsias. Al llegar a casa, se fue directa al cuarto, clavó en la yugular la jeringa y espero a que dejase de convulsionar. Se puso de luto y salió hacia el tanatorio.

Volvió de madrugada a su casa. Le cambió la ropa por los andrajos que llevaba y la arrastró escaleras abajo, hasta dejarla recostada en el portal. Cuando al par de horas, salía hacia el tanatorio de nuevo, estaba la científica con el vecino del primero que era quien se la había encontrado. Sobredosis seguramente – oyó al pasar a su lado.

Al día siguiente, se celebró el responso en la capilla del tanatorio. Mientras salía el coche al cementerio, entraba el de Alina. En su sala, estaban sólo Velkan y la trabajadora social del centro de menores, donde lo llevó la policía cuando lo encontró deambulando en busca de su madre. Junto al nicho de Joaquín, estaba su único hijo y Marta se dio cuenta de que aún no lo había llorado. Se preguntó si Velkan lloraría a su madre, muerta de sobredosis en un portal. Y supo que sí, al fin y al cabo, madre no hay más que una.

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