ESTADO DE ALARMA. Jabonerías,17 (RELATO COMPLETO)
NOTA DEL AUTOR: esta semana tenía previsto ofrecer sólo la cuarta y última entrega (al menos por el momento) de la historia de David Manfredi en el viejo edificio de la calle Jabonerías. Sin embargo, he preferido publicar el relato entero, para que los lectores recién incorporados puedas disfrutar de la visión completa del mismo...a los que no os apetezca revivirlo desde el inicio, sólo tenéis que darle las scroll de la página y llegar al lugar por donde os quedasteis, sin embargo os sugeriría que dado lo corto de la historia, hagáis el esfuerzo de asustaos de nuevo desde el principio...creo que merece la pena.
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Cualquier
ciudad en la que puedas encontrar un entramado de calles con nombres de
profesiones en desuso, arrastra historia. Antiguamente, las calles se conocían
por aquello que podías encontrar en ellas: alabarderos, cuchilleros, panaderos,
triperos…
Podía
haber sucedido en cualquier sitio, pero ocurrió en un inmueble relativamente
antiguo, de mediados del diecinueve, en la esquina de Jabonerías y Platería. Uno
de esos edificios que son invisibles para el ciudadano, hasta que algún
promotor se hace con ellos al fallecer el último propietario o inquilino de
renta antigua. Primero los cierra una temporada y van deteriorándose hasta que
el mercado le indica que es el momento de “meterles mano”. Es
complicado rehabilitar viviendas en el casco antiguo. A nivel técnico, las
máquinas modernas no caben entre las calles estrechas, no puedes cimentar porque
horadar el suelo puede significar que aparezcan restos arqueológicos y te paren
la obra…luego tienes los inconvenientes intrínsecos: casas poco iluminadas, sin
garaje, a veces sin posibilidad de ascensor…pero hubo una época donde se vendía
todo y aquel empresario sabía que, jugando con la fachada protegida y unos
acabados resultones, lo colocaría a precio de oro. Se equivocó.
La
crisis de 2020 del Coronavirus supuso el estancamiento de la economía. La caída
mundial del PIB, de su país en concreto y de su región en particular, asfixio
las operaciones crediticias. La gente no tenía dinero porque no tenía trabajo, y por tanto no les concedían préstamos hipotecarios. Poco a poco, aquel proyecto se fue
atragantando. Eligió el promotor un camino poco transitado, negoció con el
banco gestionar con alquileres el medio edificio que no había conseguido
vender. Así que para disgusto de los propietarios, algunos de los apartamentos
se pusieron a rentar.
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No
se podía creer la suerte que tuvo. En pleno centro, un apartamento recién
reformado. “Sin estrenar”, decía el anuncio. Dos meses de fianza por
adelantado, su nómina de funcionario de la Consejería de Agricultura para avalar
los cobros y se lo daban amueblado.
El
inmueble tenía una puerta de madera en la entrada de las que ya no se hacen. Maciza,
con barnices oscuros, aldabas doradas a juego con dos pomos del mismo color,
dejaban el número diecisiete de la calle integrado dentro de la rejería
superior de la propia entrada al zaguán. Era el acceso original, con escalón de
mármol canteado en sus bordes por el paso del tiempo y algún comido que otro. Un
par de columnas en trampantojo, ennoblecían el portón. Los timbres eran también
originales, habían bruñido el latón centenario y brillaban al sol con los
números de las ocho viviendas, dos por planta. Atravesar aquella entrada era
introducirse en un recibidor de finales del dieciocho. Suelos nuevos, pero
siguiendo la estética de los de barro originales, daban paso a una escalera
estrecha, con pasamanos de madera sobre hierro fundido y pintado en blanco
brillo. Justo antes del primer peldaño, una concesión al siglo XXI, buzones de
metacrilato y plástico, haciendo contraste. No había ascensor, pero a sus treinta
años, ese no era un problema. Más le molestaba lo del garaje, así que al final
decidió vender el coche y moverse andando. Total, la Consejería estaba a quince minutos.
Las
viviendas de la izquierda eran todas apartamentos pequeños, no más de sesenta
metros construidos. Las de la derecha, algo mayores y contaban con balconcillos
a la calle. Ni fumaba, ni tenía perro, ni le gustaban las plantas: le daba lo
mismo no tener mirador. Sólo lo echaría de menos si volvía a tener que
confinarse, pero mejor no pensar en eso.
“Es
el segundo izquierda, aquí tiene” – le dijo la Properties Sales Agent que
había quedado con él para hacerle entrega del juego de llaves. Detrás de ese
título tan rimbombante, se escondía Vanessa, una cuarentona divorciada que aún
conservaba todo en su sitio y a la que había dedicado alguna noche, en su más
estricta intimidad. De hecho, tenía la esperanza de que al subir a enseñarle la
casa, pudieran inaugurar el cuarto…razones fundadas para eso no tenía ninguna,
sólo la leyenda de las leonas recién divorciadas que se tiran todo lo que se
mueve. Su esperanza acabó justo en el momento en que no quiso ni acompañarlo
arriba.
-David, tengo bastante prisa. Me vas a
disculpar, pero está todo según viste en las fotos de la oficina. Me lo ha
confirmado la limpiadora esta misma mañana. Tengo que acercarme a la notaría
con el jefe.
- Mujer, pensaba yo en invitarte a una caña,
ahí delante. Al final de la calle Sociedad que hay un par de sitios buenos.
- De verdad que no puede ser.
-Ya…oye y si la casa tiene algún
problema, ¿qué? ¿No vas a verificar que está todo según el contrato?, me parece
poco serio.
-David, la casa está perfectamente. No
obstante, el presidente de la comunidad vive en el cuarto derecha. Es el
propietario del Ático, Don Beltrán. Si hay cualquier problema, acude a él.
-Oye, que no te voy a hacer nada ahí
arriba. De verdad, que manera tan descortés de tratar un cliente. En la oficina
ni tu jefe ni tu estabais así de tirantes. En cuanto habéis cerrado la
operación y como es alquiler y no pilláis más que la primera mensualidad de
beneficio, ¡aire! Si fuese venta, estabas arriba hace media hora.
-Escucha, no te equivoques. Ni venta ni
alquiler, yo ahí no subo. Punto. Hasta luego.
No
le gustó la contestación, ni la actitud. Le pareció extraño el nerviosismo de
la mujer, la incomodidad manifiesta... Ahí se quedó, compuesto y sin novia,
nunca mejor dicho. Entró en el minúsculo Hall que aún olía a pintura fresca. Le
hacía ilusión estrenar algo, así que pasó por alto el tufillo a rancio que se
adivinaba debajo del Tintan Lux. En los buzones, sólo el de Don Beltrán
aparecía con nombre. Abrió el del segundo izquierda y escribió en la tarjetita - David
Manfredi -, con la mejor letra que pudo. Subió lentamente, tamborileando con la
punta de los dedos los tramos que no acariciaba del pasamanos. Tenían las
puertas de cada hogar un mecanismo de mirilla antiguo, de esos que son dorados
y giras desde dentro con una ruedecilla, que deja en espiral a la vista al
visitante y permite a quien quiera que toque la puerta, saber que hay alguien
dentro porque le está viendo la cara…” menos mal que no tengo suegra, porque
si no dime tu como me escapo de abrirle. Ya podían haber modernizado los
telefonillos y las mirillas. No sé, igual son elementos protegidos por
antiguos…” en ese debate interno andaba cuando fue a meter la llave en la
cerradura y sin llegar a hacerlo, la puerta cedió lentamente y se abrió. “Se
la han dejado abierta, ¡empezamos bien! Y si ha entrado alguien y se ha llevado
algo, ¿qué? Me como yo el marrón porque Vanessa no ha querido subir…pues de
puta madre”.
Accedió
al pasillo único y principal. Habían conservado el parqué acuchillándolo de
nuevo. No parecía recién puesto, estaba claro, pero le daba ese aire retro tan
de moda. Las paredes de una altura impropia en esta época conservaban escayolas
originales y bastante repujadas en los techos, que cucamente habían aprovechado
en la restauración para ocultar conductos de aire acondicionado, imprescindible
en una ciudad con seis meses de verano sahariano. Al corredor daban tres
puertas; una a la derecha, una a la izquierda y la del fondo. Saloncito con
cocina americana integrada, todo en diminutivo debido al “tamañito” de la
vivienda, a la derecha. Exterior. A la izquierda dormitorio principal, con
vestidor. Y por último cuarto de baño completo sin bidet, pero con
ducha de hidromasaje. Estas dos estancias eran interiores, daban a un patio de
luces desde el que se veían las ventanas del segundo derecha.
El
mobiliario era básico, modelos simples y baratos de estilo sueco. Dejaban un
juego de ropa de cama y toallas. Y el menaje clásico de cocina: platos, vasos y
cubiertos para cuatro personas, dos cazos y dos sartenes, una espátula,
espumadera… lo indispensable. Si necesitabas una olla pronto, un edredón o
albornoces, te los tenías que traer. Muy razonable, claro. A ojo de buen cubero
estaba todo lo que aparecía detallado en el inventario del contrato, salvo un
aspirador. “Mira, este es un momento tan bueno como otro cualquiera. Voy a
tocar al vecino de enfrente, me presento y le pregunto si ha visto entrar a
alguien, que me pueda hacer de testigo en la inmobiliaria”- pensó. “Aquí
no hay nadie. A ver si arriba que he oído ruido como de arrastrar muebles, me
abren”. Tampoco abrió nadie en el tercero izquierda, ni en el derecha. Ni
en el cuarto izquierda, ni en casa de Don Beltrán. “No hay nadie aquí o qué?
Son las dos de la tarde, estarán llegando del trabajo…” Decidió llamar a
Vanessa pero no se lo cogía, así que le dejó un mensaje haciéndole saber que
faltaba el aparato, la puerta estaba abierta y no pensaba pagarlo él, faltaría
más. “Voy a por mis cosas y esta noche duermo ya aquí”.
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Lo
acompañaba ese runrún monótono y molesto que hacen las ruedas de la maleta
sobre el pavimento y que en algunos tramos de la calle Calderón de la Barca,
te vuelven loco por el adoquinado. Parece mentira que a su edad, la vida entera
cupiese en una maleta y en un par de cajas de libros que pasaba de cargar esa
noche y ya se traería. “Tengo que encontrar un chino por aquí. No he hecho
compra y en la casa no hay de nada, necesito pillar una cerveza y algo de comer
y mañana tranquilamente me acerco donde sea” – “Seguro que como esto es zona
centro, no hay chinos…es lo que tiene ser un privilegiado, los ricos no
necesitan tiendas baratas” - “Bueno, igual me bajo a dar un borneo y me
convido. Está todo lleno de bares, alguno habrá abierto” – “Aquí estamos. Vamos
p’arriba…pesa la maleta... Menos mal que es un segundo” – “Pues está esto muy
tranquilo, voy a tener suerte con los vecinos…pero ¡bueno, otra vez la puerta abierta!
La he cerrado. Completamente seguro. Me cago en…a ver si hay alguien dentro.
HOLAAAAA, soy David, el nuevo inquilino”
Nadie
contestó. No se oía un alma. Un tanto inquieto, entró en la casa. Hacia más
frío que por la tarde. Es lo que tienen los edificios en callejuelas céntricas,
entra poca luz y mantienen bien la temperatura. No es algo casual, así se
ordenaban las Qasbas árabes, paredes blancas, calles estrechas, muros anchos…y
esta era una ciudad de origen musulmán. Era normal que hiciese fresco, el problema
es que no era fresco, era frío. Frío de vaho en la boca. No se dio cuenta hasta
que intentó encender la luz y con un fogonazo saltaron los plomos y gritó “Me
cago en … que susto!” …el chillido iba acompañado de un vapor espeso.
Encendió la linterna del móvil y busco el cuadro de luces detrás de la puerta.
Cuando pudo encenderlas se dio cuenta de que además del biruji, olía mal la
casa. “Las tuberías serán. Pues mañana ésta me va a oír. Me dijo que la
instalación eléctrica y la fontanería eran nuevas, totalmente cambiadas…los
cojones” – “Menuda peste”. Empezó a abrir las ventanas para generar corriente. Al llegar a su cuarto y subir la persiana, vio apagarse
una luz en el segundo derecha. “Coño, ahí está. Voy a preguntarle” y
salió corriendo al descansillo.
“No abre. Vaya raro”. Tocó de
nuevo el timbre, y le pareció oír algo detrás de la puerta, pero nadie
contesto. “Nada, un imbécil…creerá que soy un ladrón o ¿qué? ¡Anda y que
te den!”. Había visto la luz apagarse y ruido dentro. Se dio la
vuelta para entrar en casa, pero la puerta estaba cerrada. “INCREÍBLE, no me
lo puedo creer…eh, Vanessa…soy David, mira sé que es mala hora, pero me he
dejado las llaves dentro de casa…pues dime que hago... Escucha, que estoy con
la maleta y todo dentro, que me he mudado esta tarde…si no hace falta que subas
tú, de verdad. Acércame las llaves y te las vuelvo a bajar cuando entre…coño,
que no es ningún truco para ligar, que estoy EN LA PUTA ESCALERA…venga gracias,
te espero en el portal”.
Esperando y para no desesperar, le tocó
el telefonillo a Don Beltrán, a ver si había más suerte de noche.
-Síii, ¿quién es?.
-Don Beltrán, buenas noches. Mi nombre es
David. Acabo de mudarme al segundo izquierda.
-Muy bien, encantado. Dígame ¿en qué
puedo ayudarlo?
-Nada, subí esta mañana a presentarme,
pero no estaba en casa.
-Si estaba, sí.
-Entonces ¿me oyó?
-Verá yo ya no me molesto en acercarme a
abrir la puerta si me tocan el timbre o la golpean. No me merece la pena el
paseo.
- Hombre … lo normal es contestar.
-Si al principio lo hacía, hasta que
entendí que, en un edificio vacío, no tenía mucho sentido que me tocaran la
puerta cuatro y cinco veces al día. Tengo casi ochenta años, he vivido en
muchas casas y esa frecuencia de visitas diarias no la he visto jamás.
-¿Cómo que vacío? Esta mañana oí
claramente arrastrar muebles en el apartamento de arriba y en el de enfrente
acabo de ver encenderse una luz…de hecho he ido a tocar el timbre y he oído
alguien detrás de la puerta, pero no me ha abierto.
- Escuche, yo sólo soy una persona mayor.
No me haga caso. Si no quiere nada más, me acuesto ya que soy de dormir poco y
aquí, menos que poco.
-Buenas noches.
-Ale.
“Vacío
de vecinos. Vacío de vecinos. Si me dijeron que la mitad de la promoción estaba
vendida…cada vez entiendo menos.”
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No llegaba Vanessa y tenía hambre, así
que fue a cenar algo. En la calle paralela a Jabonerías, había un restaurante
que no estaba mal. Se acodó en la barra, guardando los dos metros de distancia
prescriptivos y pidió un bocadillo, una concha de aceitunas y una cerveza. No
tenía parroquianos el sitio, lo del coronavirus había dejado hecha polvo la
hostelería: reducciones de aforo, distancias entre comensales, desinfección…al
principio, como siempre, fue todo un desmadre. Pero primero la sarta de multas
que empezaron a poner a hosteleros y clientes, y luego la segunda fase de la pandemia,
concienciaron a la gente. Las máscaras se integraron como un elemento habitual,
los sprays desinfectantes eran de uso común y en definitiva, ciertas medidas de
alejamiento social se impusieron por miedo a quedarte tieso, ya fuera en la
caja de pino o en la delegación de hacienda. Aprovechando que tenía al camarero
para el solo, se presentó y le preguntó si conocía a algún vecino de su portal.
- La verdad es que no. Yo tengo esto abierto
veinticinco años. Cuando empecé, era zona de marcha, había garitos nocturnos y
mucha movida. De ese inmueble, sólo recuerdo que una noche se lio, porque
cuatro o cinco chavales pasados de todo, le dieron una patada a la puerta de
vuestra finca, entraron y los pilló el último inquilino que quedaba.
Parece ser que ese edificio
lo levantaron en el año de la Polca, era de una familia bien de toda la vida.
Tenían varios así por la ciudad que ponían en alquiler. El problema es que
fueron cambiando las leyes y se encontraron con que no podían subir las rentas
con arreglo a lo que subía la zona. Perdían dinero. Decían por ahí que
vendieron los derechos, nuda propiedad creo que se dice, a un promotor. Este
compraba el edificio más barato porque tenía que aguantar a que el último
arrendador se fuese por voluntad propia o al otro mundo, y ya podía hacer lo
que le viniera en gana. Las malas lenguas dicen que lo que pasó aquella noche
no fue casualidad, que los mandó el nuevo propietario para acelerar las cosas.
-
Pero ¿qué pasó?
-
Al parecer el viejo se encontró a la
chavalería montando una fiesta en la entrada. Unos bebiendo, otros meando,
algún porro por aquí, una raya por allá…la cuestión es que les llamó la
atención y uno de los críos le dio un empujón con la mala suerte de que el
hombre cayó en una mala posición. Rotura de cadera. Y en un viejo la rotura de
cadera es una sentencia en firme, duran un suspiro.
-
¿Murió en la casa?
- Tantos detalles no tengo amigo, sé que
no dieron con los culpables y que el viejo se fue al otro barrio porque no
tardó mucho en precintarse el edificio. Se habrá tirado cerrado quince, veinte
años. Hasta que hace tres o cuatro, empezaron con la rehabilitación.
-
¿Qué te debo?
-
Dame…nueve euros.
- Quédate con el cambio…muchas gracias por
la historia. Me tengo que ir que me están llamando. Nos vemos pronto.
“Dime…estoy
al lado. Un minuto tardo…tranquila que estoy ahí ya” Estoy empezando a ponerme
nervioso, con esta mujer.
+
No
podía perder aquel trabajo… Desde que su ex la puso en la calle, era el único
modo que había encontrado para ganarse la vida. Vanessa no tenía nada que ofrecer,
quitando las ganas de trabajar y que seguía levantando pasiones por donde
pasaba. Su marido se la llevó de casa con apenas diecisiete años, sin estudios
y sin cultura. Cuando sus padres la volvieron a ver fue para invitarlos a la
boda. Se tragaron la vergüenza de que el barrio cuchichease, porque no era lo
mismo casada que sin casar. La cosa se resolvió en un juzgado, por la vía
rápida y con el mismo romanticismo de un primer polvo en el cuarto de baño de un
bar. No quiso que trabajase y ella ignorante, repetía a quien se lo quisiera
escuchar “para que voy a trabajar, mientras que me pueda mantener”. Así
dejó sus mejores años, atada a la pata de una cama sin querer soltarse, sin
querer librarse de aquel hombre que a medida que le iban apareciendo estrías en
los mulos, le interesaba menos ella y más las hijas de las vecinas.
Un
día se lo encontró dentro del coche enfrente de su propia casa, con una de las
compañeras de la oficina, empañando los cristales. Con el sofoco, no acertó a
moverse hasta que se abrió la puerta y bajó la chica estirándose la falda y
tirando al suelo un clínex pringoso. Sorprendida por Vanessa, dio un chillido y
entonces asomó la cabeza del verdugo para soltarle “Súbete y ve haciendo la
maleta”…la echo sin contemplaciones y le interpuso la demanda de divorcio,
alegando en el juzgado que desantendía sus deberes conyugales…y lo peor, es que la
jueza, porque era mujer, no le concedió ni una misera pensión reprochándole en
la sala públicamente, poco menos que haber sido una vaga y una golfa, y además
tonta porque se había casado con separación de bienes. Al no tener hijos no
tenía derecho más que a lo puesto. Vanessa salió de la sala de la mano de la
abogada de oficio, que además de letrada tuvo que ejercer de psicóloga por los
cuatro duros que le pagaba el colegio de abogados. Ni sus padres estaban allí.
Sola,
como la una, tuvo que empezar de cero, sin experiencia, sin currículo, con más
de cuarenta y las estrías extendiéndose también por el culo.
Afortunadamente conservaba el canalillo terso, que fue lo único que miraba
Damián, cuando la entrevistó en la promotora. “Tu Vanessa, lo que tienes que
ser, es simpática con los clientes. Esto no tiene ná’, lo puede hacer
cualquiera, ¿me entiendes? Una buena falda con tacones, una blusa, así como la
que llevas, y bien pintada. Si es matrimonio dirígete a ella para que no se ponga
celosa, pero a la hora de hablar de dinero, a él. ¿Está claro? No hace falta más.
Como sé que lo estás pasando mal, te voy a contratar, no tienes que ser
autónoma como tus compañeros, para que veas que me porto. Te pago el salario
mínimo, para que salgan las cuentas, y comisiones. Nosotros cobramos el cinco
por ciento a vendedor y comprador…así que de eso la mitad para ti en comisiones
y la mitad para la empresa. Si la obra es promoción nuestra, la comisión baja a
un dos por ciento para ti y si es alquiler, el veinticinco por ciento de la primera
mensualidad es tuyo. Verás que puedes ganar mucho dinero, pero tienes que ser
como tú eres, ¿me entiendes? Y sobre todo no le hables a la gente de la oficina
de tus condiciones que no las tiene nadie, no quiero que piensen que eres mi
ojito derecho, que eres nueva” …y ¿qué le iba a decir? Pues que sí, que
muchas gracias, que nunca olvidaría lo mucho que la había ayudado, que no sabía
cómo agradecérselo…pero Damián sí que lo sabía, porque cada vez que tuvo
ocasión, intentó tocarle el culo y en alguna cena que se le fue la mano con el
vino, no se cortó para tirarse encima. Vanessa lo pasaba mal, pero a sus
cuarenta y diez, ¿Dónde iba a ir? No podía perder aquel trabajo…
+
En
la esquina de la calle, esperaba a David con las llaves en la mano. Sólo quería
dárselas y salir corriendo. Oyó los pasos acercándose y le dio pena el chico.
Si por ella hubiera sido no le habría alquilado nada allí. Pero Damián quería a
toda costa rentabilizar aquella promoción. Maldecía el día que se hizo con el
edificio, decía que esta era una operación maldita desde el día que firmaron la
cesión de derechos, que nada había salido bien y luego las dos crisis la del
ladrillo del 2008 donde los bancos se quedaron todo lo bueno que tenía en
cartera y le dejaron aquel muerto, y doce años después la del bicho aquel
invisible que encerró a la gente en sus casas cuando ya estaba todo para
venderse. Aquel inmueble era su condena, había vendido su alma al diablo
veinticinco años antes y penaba desde entonces.
+
-
Vanessa, gracias por venir. Oye mira que
me he quedado tirado, no es ningún truco de quinceañero.
- David, es tarde. Aquí tienes la copia.
Mañana por favor acércala a la oficina.
-
Espérate un minuto mujer, es subir y
bajar.
- De verdad que no. He venido porque no
quiero que pienses que soy mala gente, pero no me apetece estar aquí.
- Me gustaría comentar contigo un par de
cosas. Al subir esta noche, se ha ido la instalación eléctrica. El diferencial
ha saltado, con explosiones, chisporroteos y toda la pesca…pero es que dentro
de la casa hay un pestazo a sumidero insoportable, he tenido que abrir todas
las ventanas.
- Mañana mismo hablo con mi jefe y te
manda un chispas a echar un vistazo al asunto.
- Es que me aseguraste que electricidad y
fontanería eran completamente ¡nuevas!
-
Y lo es, te doy mi palabra.
- Pues no lo entiendo…ni que me digas que
hablase con el del cuarto derecha. ¡Tiene ochenta años!, ¿cómo pretendes que me
ayude? Aun así, he hablado con el hombre y me ha dicho que el edificio está vacío…¿porque
me habéis engañando?
-
Nadie te ha engañado, esta vendida la
mitad y la otra en alquiler.
-
Y ¿dónde están los vecinos Vanessa?
- Escucha David, por favor. No quiero
hablar, no puedo hablar. Si se entera mi jefe me despide.
-
Yo no le voy a decir nada. De verdad ¿qué
pasa? Me estoy empezando a rayar.
- Salvo este señor mayor, los otros tres
vecinos, se marcharon a los pocos días de hacer la mudanza. De hecho, tenemos
las casas de nuevo en cartera para su venta.
-
¿Qué me dices? ...
-
Ruidos, olores…algunos dicen que vieron sombras
negras dentro de las casas. Otros que de pronto bajaba la temperatura y se
helaban de frío…cosas muy extrañas. A la mujer que vivía en la primera planta,
algo le tiro del pelo con tanta fuerza que cayó al suelo y dice que la arrastró
por el pasillo. Hasta tal punto se asustó, que salió huyendo en zapatillas con
lo puesto y no volvió ni a por sus cosas, fueron los de la mudanza los que se
la recogieron.
- ¡¡¡Me cago en la puta!!! Pero ¿qué me habéis
alquilado la casa de Amityville?
-
Por eso no quiero subir, me da miedo.
Las veces que he venido, sentía que me miraban y que me seguían. Tienes que
perdonarme, pero tengo que hacer lo que me ordenan. Tu buscabas una ganga y esto
era una ganga… Desde que me divorcié, he tenido que buscarme la vida y he terminado
dependiendo de otro cabrón, porque mi jefe es del mismo corte que mi exmarido. Él
sabe lo que hay en el edificio, por eso no porta por aquí. Me manda a mí, y yo
tengo que hacer lo que me dice.
- Puedo entender la situación y no tiene
que ser agradable, pero podemos resolver el contrato de alquiler y listo.
-
Vas a perder los dos meses de fianza,
eso lo sabes ¿no?
-
Pues os denuncio…quiero decir que lo
denuncio a él. Por alquilarme esto con vicios ocultos.
- ¿Tú crees que alguien en un juzgado no
se te va a descojonar por alegar que la casa tiene fantasmas?
- A ver, no saquemos las cosas de quicio.
Yo he oído ruidos es cierto, y está lo de los golpes, lo de las luces, lo del frío, lo de…joder, si es que son demasiadas cosas para que sea sugestión, y me
ha pasado todo en menos de doce horas.
- Me dijeron en la oficina, que ya en la
obra pasaron cosas raras y hubo dos muertos en la obra, que por poco le cuestan
la suspensión de la licencia…me imagino que dejarían algún sobre en algún
despacho y le dieron carpetazo al expediente.
-
¿Dos muertos?
- Bueno, en realidad que yo sepa, a este
edificio se le pueden asociar cuatro.
-
¡Cuatro!
- Antes de la obra, hubo un altercado con
el último inquilino que había. Los propietarios le vendieron por cuatro perras
el edificio a mi jefe, porque tenía dentro “ratones”. Pensé que era un
comentario dirigido a este hombre, pero luego me enteré de que era un eufemismo
para no mentar “otras cosas” …bueno volviendo a lo del anciano. Dicen que unos
críos de fiesta se colaron dentro, lo zarandearon y el hombre se cayó, y se
rompió no sé qué. A partir de ahí, duro dos telediarios.
-
¿Y se murió aquí?
-
Parece ser que sí
-
¿No sería en mi casa?
-
No, en la de arriba.
-
¿Y los otros tres muertos?
-
Durante la obra, el arquitecto quiso
hacer una cata, está obligado por la normativa municipal. Los aparejadores de
la oficina dicen que dieron con restos de una casa árabe. Para no dar parte al
ayuntamiento y que le parasen la obra, le soltaron un buen sobre al arquitecto
y lo cambiaron de proyecto. Taparon los restos y siguieron construyendo…pero a
partir de ese momento, parece que se removió algo porque empezaron a sucederse
los problemas en la obra. Se caían andamios, desaparecían aperos, empezaron los
malos olores y todo se complicó cuando un aprendiz agujereo un paso de gas con
la mala suerte de que el maestro, estuviera encendiéndose un Ducados…la
explosión los mató a los dos. Calcinados de pies a cabeza.
-
Madre de Dios.
-
Y el cuarto.
- De ese no estoy totalmente segura, pero
es el que más miedo me da. Era la persona que se encargaba de la caseta de
ventas durante la restauración del edificio. En el bajo, antiguamente había un
comercio textil. Mientras que arreglaban las plantas superiores, a Damián (así
se llama mi jefe) se le ocurrió que podían adecentarla, y ponerla en plan
caseta de obra: renders, maquetas de interiores, materiales a elegir,
folletos…en fin, lo habitual para comercializar una obra. El chico estuvo un
par de meses, cumpliendo su labor a la perfección. Joven, serio, recién casado,
esperando un crío…un día llegó uno de los aparejadores a primera hora y se
encontró la puerta abierta, como si estuviese dentro. Pero dentro no estaba.
Nadie volvió a verlo más. Su mujer denunció la desaparición, pero no se ha
vuelto a saber de él.
- Madre mía Vanessa, menudo marrón. Ahora
¿qué hago yo? Hasta he vendido el coche por venirme aquí.
-
…yo, no sé qué decirte. Discúlpame,
David.
- Y Don Beltrán, ¿cómo aguanta ahí? Ahora
entiendo que me dijera que no abre la puerta de casa así lo maten. Dice que se
cansó de levantarse y que no hubiera nadie…pero es un hombre muy mayor, como
puede soportarlo, cuando el resto de gente se ha ido.
- Ese señor era sacerdote. Su hermano
compró esta casa y la puso a nombre de los dos. Le hacía ilusión terminar su
vida como la empezaron, viviendo juntos. Al poco de firmar la compraventa, el
hombre falleció. Un ictus. Así que Don Beltrán en homenaje a su hermano, dejó
la residencia del obispado en la que estaba desde que se jubiló como párroco de
Vistabella, y se vino aquí. Yo creo que su fé es lo que lo mantiene ahí y el
amor a su hermano.
-
Tengo que volver a hablar con él, pero
esta noche no obviamente.
-
Escúchame, me siento en deuda contigo.
Mañana en la oficina voy a ver si hay algún resquicio para que puedas resolver
el contrato sin perder dinero, te doy mi palabra. Pero ahora tengo que irme…
…
A la misma vez que Vanessa decía esas palabras sintieron algo caer a toda
velocidad delante de ellos y partirse en el suelo en mil pedazos…un trozo de
cornisa del edificio acababa de desplomarse a medio metro. Si se hubiesen
movido sólo un poco, habría habido una desgracia. La chica chilló y echó a
correr calle abajo tapándose instintivamente la cabeza. David miró los trozos
de la metralla de aquella bomba caída del cielo dispersos por la calle y sintió
que eran sus ilusiones destrozadas…para colmo fue consciente de que no tenía
más remedio que subir a la casa. Metió la llave en la cerradura del portón y
cuando a palpones encontró la luz en el zaguán, ésta mortecina y amarillenta,
no tardó más de un segundo en fundirse. Eran sólo dos plantas las que tenía que
subir a oscuras, pero tenía miedo. Se podía vivir una pesadilla, sin estar
dormido.
+
Llegó
a la primera planta guiándose mediante la pared y la barandilla, como si fueran
raíles que pudieran ofrecerle la seguridad de la que carencia a cada paso que
daba. Afortunadamente los escalones eran de mármol frío, blanco y resbaladizo,
porque si hubiesen sido de madera, los crujidos bajo su peso lo hubieran
llevado al borde del infarto. Al llegar a la primera planta, rastreó a oscuras
cada centímetro del muro en busca de un interruptor salvador. No sabía dónde
estaba, supuso que en mitad del descansillo, así que siguió paseando la
siniestra hasta dar con el primero izquierda. La puerta era suave, recién
pintada. Podía notar las imperfecciones del lacado, pequeñas burbujas que al
tacto eran el braille que documentaba deficiencias en el trabajo de pintura. Con
el peso de su mano, de pronto cedió unos centímetros, como si no estuviese
cerrada. Sintió la absurda tentación de entrar y empujó suavemente. Apoyado en
el quicio, asomó la cabeza en el hueco que acababa de abrir…una ráfaga de frío
lo atravesó a velocidad. Era un girón de aire pesado, denso, con volumen incluso.
Y olía como huele la boria en el páramo, a humedad, al paso del tiempo, a
soledad estancada.
Ese
hedor lo petrificó, acababa de sentir un fantasma, porque no podía decir que lo
hubiera visto. Giró sobre sus talones, buscando en el descansillo la bombilla redentora.
Al apretar el pulsador, a su espalda con un ligero chasquido oyó el resbalón al
cerrarse, mientras la tenue luz que se proyectó dejó ver en el suelo las
huellas de pisadas que se iban disolviendo poco a poco, ascendiendo el siguiente
tramo de escalera… “Está subiendo y yo tengo que ir detrás, tengo que llegar
a casa…maldita sea mi estampa, no me queda otra” dijo en voz alta, sin
pudor a que nadie lo oyera. El corazón le iba a mil por hora, porque sabía lo
que iba a pasar. Sabía que al llegar a su planta las pisadas no seguirían…
Efectivamente
al llegar a su puerta, desaparecían dentro. Al otro lado, había algo que no era
de este mundo. Miró su reloj, eran las diez y cuarto. Dejó pasar un par de
minutos, escuchando la tortura pautada del repetidor de la lamparilla del
pasillo. Ahora ya casi no se ven, pero era de esos mecanismos antiguos que al
encender conectaban una suerte de tictac acelerado que marcaba rítmicamente el
tiempo que duraba la luz…” pone nervioso de cojones” pensó David, cada vez
que aquel cronómetro daba el último paso con un chasquido fuerte y la luminaria
se apagaba. ¿Y si metía la llave en la cerradura y al otro lado le saltaba algo
encima... ¿o se le venía una sombra oscura desde el fondo del pasillo? ...o ¿al
abrir, el vaho inundaba de nuevo la estancia? No quería ni pensarlo, pero ¿qué
hacer? Ahí en medio no se podía quedar. “¿Y si subo a ver a Don Beltrán? –
estará durmiendo, ya… bueno dijo que dormía poco…pero ¿qué le digo?, ¿le cuento
que tengo miedo?”. Todo eso se agolpaba en su cabeza, cuando empezó a oír
un zumbido seco, cada vez más fuerte. Aquello era como cuando en el patio de la
escuela agitaban sus carteras como hondas, por encima de sus cabezas. El peso
del cartapacio generaba un rozamiento del aire con el cuero que animaba a las
hordas de niños a destruir Imperios Romanos, a vencer a Goliat, a conquistar
con Atila las estepas de Asia Central. Siendo un crío, era un sonido potente y
ahora era puro terror, porque iba además en aumento, creciendo, surgiendo de
las propias tripas de edificio. Completamente patidifuso, las dudas quedaron
disipadas y corrió hacia la última planta como alma que lleva el diablo.
+
“Don
Beltrán, Don Beltrán, ábrame…” gritaba histérico tirándole
a bajo el timbre – “por el amor de Dios, abra la puerta, soy David el vecino
del segundo. Abra por favor”. Oyó pasos arrastrados avanzar por el pasillo
y cerrojos descorrerse, mientras aquel aullido infernal seguía in crescendo,
como si también corriese escaleras arriba. El anciano, abrió y David se precipitó
dentro con tal violencia, que casi le pasa por encima, como hubieran hecho sus
añorados Hunos…
-
¿Qué pasa muchacho?
-
Esto ha sido una equivocación terrible.
Mire que mi madre siempre me decía que lo barato es caro. No podía ser una ganga
tan grande y no tener gato encerrado.
-
Ya lo has sentido, ¿verdad?
-
Si, lo llevo percibiendo desde que llegué
esta mañana.
- No quise decirte nada, sabía que no
tardarías en enfrentarte a la realidad
-
¿Qué es Don Beltrán?
-
El mal. Es el mal.
-
¿Cómo que el mal? No me diga eso por
favor, no me diga eso…
- Como sacerdote que soy, porque un cura
nunca deja de ser cura, aunque nos jubilen, he tenido ocasión de enfrentarme a
dudas y crisis de fe muchas veces en mi vida. No he tenido la suerte de otros,
de salir de ellas porque he sentido la presencia de Dios, he salido de ellas
desde el convencimiento de que el mal venía a buscarme y si existe el mal, existe
el bien del que soy representante. Es posible que todas esas ideas teológicas
te resulten confusas, pero lo que intento decirte es que del mismo modo que hay
personas malvadas por naturaleza, desde que existe el hombre sobre la tierra
habita también el mal. En este edificio, sucedieron cosas que jamás debieron
pasar y lo que se hizo en vida tiene su eco en la eternidad.
- Me han contado lo de los dos obreros
muertos en un accidente, y el anciano que pereció hace unos años. También lo
del chico de la promotora desaparecido...
- ¿Y lo de mi hermano? ¿Te han contado lo
de mi hermano? Siéntate y escucha…Ramón nació un veintinueve de febrero, año
bisiesto, una madrugada fría de luna llena. Antiguamente, estas circunstancias
se consideraban de mala suerte…y en entornos rurales, como era esta ciudad
provinciana a mediados del siglo pasado, eran una maldición. Nació enjuto, amarillento,
con los ojos abiertos y no lloró. La partera que acompañaba a mi madre salió
del cuarto persignándose y murmurando entre dientes una extraña letanía.
Durante su niñez no presentó ningún síntoma, pero al cumplir los ocho años y llevarlo
a catequesis para hacer la comunión, se negó rotundamente y salió corriendo de
la Iglesia. Comenzó entonces a manifestar una aversión extrema por lo sacro.
Veía curas y los perseguía escupiéndoles, arrancó los crucifijos que había en
casa, quemó las estampas de santos que tenía mi madre…era un comportamiento tan
virulento que una noche de San Juan, mis padres lo sacaron de casa y lo
llevaron prácticamente arrastrando a la casa parroquial. Decía mi madre que se
oían los berridos por toda la calle. Tuvieron que repetir esas visitas varias
veces durante ese verano. Al llegar el otoño, Ramón o lo que habitaba dentro de
él, se rindió. Pasaron los años, y fruto de aquella experiencia, el fervor
religioso se instauró en casa, hasta el punto de que a mí casi que me llevaron al
Instituto Teológico sin preguntar y mis dos hermanas se hicieron Clarisas.
Tardé mucho tiempo en relacionarlo todo, pero posiblemente mis tentaciones y mi
incredulidad, tenían su origen precisamente en esta obsesión que se adueñó de
mis padres por culpa de mi hermano.
-
¿Y qué fue de Ramón?
-
Creció bastante aislado. Sin amigos y
con sus hermanos enclaustrados, cuando cumplió los trece años, decidió
marcharse sin dar mucha explicación en casa…explicaciones que aunque esté mal
decirlo, tampoco le pidieron, para mis padres fue casi un alivio. Le tenían
miedo, no pudieron jamás olvidar lo que presenciaron en la vicaría aquel
verano.
-
¿Dónde fue?
-
Se embarcó a Tetuán. Entre Tánger y
Ceuta, tenía una colonia española importante, formada sobre todo por
expatriados republicanos y por desertores de la Guerra del Rif. Allí aterrizó y
ya sin la presencia coercitiva de mis padres, liberó lo que llevaba dentro.
Tienen los moros una tradición esotérica muy arraigada y desconocida, quitando
la mano de Fátima y cuatro cosas más. Es un pueblo supersticioso, con
inclinación a brujerías, a creer en Dijjins, y que pronto vieron en mi hermano
un Maleun, un maldito. Las ganas de sobrevivir, de hacer fortuna y la falta de
escrúpulos, reforzaron su leyenda y llenaron su cartera.
-
Pero el volvió aquí y compró la casa.
-
Efectivamente, un día se plantó en la
residencia que tiene el obispado. Llevábamos cuarenta y tantos años sin vernos,
y simplemente me pidió por favor que viniese a vivir con él. Quería saber lo que
era tener familia, si era capaz de sentir dentro de él, amor. Me dio pena y
decidí que después de haber entregado mi vida al prójimo, lo menos que podía
hacer era terminarla con el hermano que nunca tuve. Firmamos en el notario
ambos, porque quiso aprovechar para testamentar y directamente la casa la puso
a mi nombre, diciéndome que desde que pasó por delante de ella, supo que era un
regalo que quería hacerme. Nos vinimos aquí, y ya la primera noche comenzó la
pesadilla. Estábamos solos, como ahora, en el edificio. Era una noche de
perros, caían chuzos de punta, hasta el punto de que el sonido dentro de la
casa era atronador. A media noche se fue la luz y cuando salí al pasillo para
ver los fusibles, Ramón estaba aquí mismo, donde tu estas sentado, con una
tabla sobre las piernas
-
¿Una qué?
-
Una tabla con un abecedario escrito y
algunos símbolos. Se notaba que era antigua, estaba hecha con madera de caoba.
Me acerqué a él y estaba con las manos apoyadas sobre la plancha, pasando los
dedos a velocidad sobre distintas letras, como si leyese…tenía los ojos
entrecerrados, se distinguía el contraste del blanco con la oscuridad reinante.
Como en un trance profundo, no percibió mi presencia, hasta que me acerqué a
tocarlo. En ese momento, su cara se transfiguró un instante y me vociferó – “no
vuelva a tocarnos”. A continuación, se recostó sobre la silla y dejó caer la
madera al suelo. Con el sonido seco del golpe, salió del trance, pero ya como
mi hermano. No me atreví a preguntarle a la mañana siguiente, que fue la última
que lo vi.
-
Disculpe la pregunta, ¿cómo murió?
-
¿Morir? ... ¿quién le ha dicho eso?
-
Vanessa, la chica de la promotora.
- Mi hermano no murió. Desapareció sin
dejar rastro. Esa es la única razón por la que yo sigo aquí, encadenado a este
sitio. Esperando que vuelva. Al principio, cuando me tocaban el timbre, me
golpeaban la puerta, creía que era él. Luego me di cuenta de que es esta
maldita casa, esta maldita finca.
-
Pero usted es cura, puede hacer algo…
-
…qué más puedo hacer? He intentado bendecir
este lugar varias veces y no me lo han permitido. La primera vez me arrancaron
de la mano el hisopo. En otra ocasión, fue el Acetre lo que salió despedido. He
sentido que me arrancaban de las manos la biblia…David, solo soy un hombre, con
una fe endeble, que también tiene miedo.
-
Podemos hablar con el obispado, no cree.
Yo puedo acompañarlo, dar fe de que pasan cosas extrañas.
-
Podemos intentarlo…
…NOOOOOOO
se oyó de pronto retumbar en toda la sala. NOOOOOOO como un ulular malévolo que
les puso la piel de gallina y dejo al anciano asiendo del brazo al joven, hasta
dejárselo blanco. Tres portazos sonaron en ese momento, como tres campanadas
del averno. “Son manifestaciones diabólicas, David. Tres golpes, como burla
a la Santísima Trinidad”. El chico no sabía que responder, de pronto rompió
a llorar como un niño, presa del miedo, del puro pánico y sólo acertó a
balbucear entre gemidos, “Padre, ¿puedo quedarme aquí con usted esta noche?”.
+
El teléfono de David no daba señal. Simplemente,
marcaba los nueve dígitos y no se oía nada, ni locución, ni señal. Nada. Era raro,
porque había quedado en pasar por la mañana a devolver la copia de las llaves
que le había prestado y no lo había hecho. Tal vez pasara luego, al salir de la
consejería, después de comer. Seguramente si no había localizado su juego,
tendría que hacerse una nueva copia y entrando a las ocho a trabajar, estaban cerradas
las ferreterías. Sí, sería eso. Aunque era raro que el teléfono no diese señal,
ni siquiera el manido “este teléfono está apagado o fuera de cobertura”.
+
Don Beltrán lo dejó quedarse a dormir,
que remedio. El alarido que ambos habían escuchado al mencionar la idea de dar
parte en el obispado no invitaba a nadie a permanecer solo. “No te preocupes
David, esta noche puedes quedarte aquí conmigo. En la habitación de Ramón”.
Poca gracia le hizo aquella concesión, pero no podía sugerir otra solución.
Bastante con que el octogenario se apiadara de él.
La
habitación era más amplia que las de su apartamento. Tenía dos camas de noventa, separadas por una
mesilla a juego con un aparador y un armario de madera antiguo. Los doseles eran
de hierro colado pintados en blanco, le recordaban a las camas de hospital de
principios del siglo XIX. Frente a las camas, la puerta de entrada y el
aparador, cuatro cajones amplios de todo: de largo, de ancho y de fondo.
Contaba también el mueble con un espejo con tantos años como el resto de
mobiliario, al que se le había empezado a caer el baño de nitrato de plata. Al
abrir el armario de dos cuerpos, descubrió otro similar en una de las hojas,
también castigado por el tiempo. Junto a la cama más alejada, una mecedora daba
paso a las portezuelas de la contraventana de un balcón. En ese momento, David
tuvo una idea, abrió contraventanas y ventanas y miro el balconcillo. Efectivamente
se había desprendido un trozo…el que casi les da a Vanessa y a él hacia apenas
una hora. De nuevo dentro del cuarto, se dejó caer en la mecedora, de la que
saltó dando un respingo al sentir que se había clavado algo duro en el culo.
Era la tabla que manejaba Ramón la noche de su desaparición. El corazón volvió a
acelerársele con rabia. Con la plancha de madera oscura entre las manos, sintió
el contorno del abecedario trazado. Le dio miedo y la dejó sobre la mecedora y
luego como si quisiese asegurarse de que no salía el utensilio andando solo, le
colocó encima la almohada. “Menuda noche me espera” se dijo. Se acercó a
la puerta intentando decidir qué hacer: abierta o cerrada. Si la dejaba
abierta, se iba a pasar toda la noche mirando el cuchillo de luz que entrase y
si la dejaba cerrada y se abría mientras dormía, le daba un paro cardíaco. “¿Qué
hago?, esto es peor que una muerte a pellizcos. La voy a dejar abierta, así
puedo oír al anciano si necesita algo”. Sobre la cubierta de la cama pegada
a la pared, se sentó mirando de hito en hito el catre contiguo…decidió recostarse,
sin desnudarse por supuesto, y se quedó muy quieto oyendo los ruidos que cualquier
vivienda tiene. Al fondo, oía caer sobre el lavabo una gota infinita. En otras
circunstancias se abría levantado a cerrar bien el grifo. En aquella casa,
aquella noche, ni loco. Al otro lado del pasillo, oía al cura. Le pareció que
estaba rezando el rosario, porque era una especie de letanía entre dientes,
repetitiva y monótona, que le traía a la cabeza el recuerdo de sus abuelos. Sentía
también el suave zumbar de la nevera, un electrodoméstico que tiene mil ruidos
diferentes en cualquier lugar del mundo: un crujido en el congelador, a veces
una especie de ruido de agua, un suave runrún eléctrico…los percibía todos. Estaba
ya dejándose vencer por el sueño y las emociones del día, cuando en el comedor,
un reloj de pared dio la medianoche y al compás, en la calle sonaron las campanas
de San Bartolomé. Se acordó entonces que en el callejón lateral de esa iglesia,
bajo una hornacina, hay un cartel que pone “A las ánimas benditas. No te
pese hacer bien, que sabe Dios si mañana serás anima también” …sonrió, “lo
que me faltaba pa`l duro”. Al minuto, se durmió.
+
A las seis de la tarde no había pasado a
dejarle las llaves, no la había llamado y el teléfono seguía muerto. Lo último
que le apetecía era pasarse por Jabonerías. “Mañana, si no ha dado señales
lo llamo a la consejería”
+
Si la cama estaba hecha de hierro, el somier
era de muelles, más o menos de cuando Franco era corneta. Cada uno se le clavaba
en la espalda, como si fuera un faquir. Y luego estaba el ruido, a poco que se
removiese sobre el colchón, aquello crujía tanto que parecían chillidos. Precisamente
eso fue lo primero que notó, justo antes de darse cuenta de que no podía respirar
bien. Oyó crujir los muelles y sintió que se hundía el colchón un poco más, a
la misma vez que notaba sobre su pecho un peso descomunal. No podía moverse, estaba
completamente inerme sobre el colchón, como si le hubiesen colocado una lápida
de hormigón encima. Intentó gritar, pero tampoco le salía la voz del cuerpo. En
alguna parte recordó haber leído que eso eran viajes astrales, sueños conscientes…pero
no era nada de eso, era una especie de parálisis en la que podía pensar, pero
no podía moverse ni hablar. En su desesperación luchaba por levantar la cabeza
y mirar hacia la puerta que se abría a sus pies. Con los ojos desencajados, cubriendo
el marco de la puerta, la imagen arque-típica de un individuo tocado con un
sombrero, muy pálido y con un bigotillo le erizó la piel del cuerpo entero. No veía
mucho más, sólo a este ser, que parecía observarlo entre intrigado y divertido.
De pronto fijó su mirada en la cama contigua. En otro esfuerzo titánico, David
consiguió girar la cabeza y vio como la colcha empezaba a elevarse, dejando arropado
debajo un cuerpo que también levitaba. Empezó a rezar. “Creo en Dios todopoderoso,
creador del Cielo y de la Tierra…” cerró los ojos, deseando, mientras que seguía
con la oración, que aquello que sentía encima lo liberase. Sobre su plegaria, sonó
el reloj y tres campanadas. La hora del muerto. No quería abrir los ojos, pero
necesitaba saber si a pesar de no poder moverse, aquellas cosas se habían ido…el
hombre del sombrero estaba ahora junto al balcón, con la tabla de Ramón en la
mano. Y en la cama de al lado, lo que estaba levitando tapado por la ropa de
cama, estaba ahora bocabajo en la posición de crucifixión de San Pedro…Dios
mío, una cruz invertida, era en una cruz invertida. “…descendió a los
infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y
está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a
juzgar a vivos y a muertos…”. De repente, el peso en su pecho cesó y cuando
creía que todo había pasado, algo lo levantó bruscamente. Literalmente en
volandas, lo estaban sujetando de los brazos, y sentía que lo arrastraban fuera
de la casa…intentaba chillar, pero seguía sin poder hacerlo. La puerta de la
casa se abrió de golpe, cuando parecía que se iba a estrellar contra ella, y
envuelto en un torbellino húmedo y frío, de almas negras, densas y malolientes,
descendía a velocidad por las escaleras. Flotando dentro de aquella bruma, supo
sin lugar a duda que era su final “…el perdón de los pecados, la resurrección
de la carne y la vida eterna. Amén”. Al llegar al segundo izquierda,
aquella fuerza malévola lo paró en seco frente a su propio apartamento. La
mirilla giró y vio dos ojos rojos al otro lado…entonces se abrió de par en par
y fue lanzado dentro. La puerta se cerró, con una suavidad casi cínica. David
por fin consiguió gritar.
+
- Debe de estar enfermo porque ayer no
vino. Sé que lo llamó mi jefa, que también es la suya, pero el teléfono no da
señal. Hoy tampoco ha venido. Tiene derecho a tres días, pero vamos, lo normal
es que pase, aunque sea a presentar la baja.
-
Por favor, dígale que lo he llamado si
pasa por ahí esta mañana
-
Descuide
Vanessa
se temía lo peor, pero no quería ir a la casa. Mejor llamo a Don Beltrán, a ver
si el puede bajar a ver si está bien, pensó… “Buenos días caballero, ¿cómo se encuentra?
...Me alegro…si es que son ya muchos años…quería pedirle un favor… ¿puede usted
bajar al segundo izquierda a ver si el nuevo inquilino está bien...Don Beltrán,
no lo oigo – Don Beltrán???…a ver si es la cobertura. Espere un momento… -El teléfono
al que llama tiene restringidas las llamadas entrantes temporalmente-…joder que
raro, pero si estaba hablando ahora mismo con él. Voy a marcar de nuevo: seis,
seis, seis…
+FIN+
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