ESTADO DE ALARMA. Viernes



Nadie se explica cómo terminó aquello, al menos nadie que lo manifestara en voz alta. Era un día como los demás, aunque para ser honestos había detectado antes una carga extraña en el ambiente. Igual eran imaginaciones suyas, pero miradas esquivas y algunos gruñidos por parte de los compañeros, lo mantenían alerta. Lo cierto y verdad es que nada hacía presagiar el desenlace.
Había aterrizado en aquella oficina de manera natural. Durante años, se habían cortejado como adolescentes. Si tu quisieras. Si yo me dejara. Al final, de tanto decir te quiero, surgió el amor.  Y como en cualquier aventura, hubo al comienzo cierta tensión. La tensión de los furtivos que ocultando sus intenciones, aprovechan las sombras para buscarse, no sin temor a ser vistos. Se citaron a horas extrañas en lugares raros, buscando el anonimato.

Llevaba tantos años deseando salir del fondo gris de aquel despacho sin ventanas, que la propia vanidad le nublaba la vista. Tal vez no reflexionó lo suficiente y no se dio cuenta de que estaba dando un salto sin red. Ahora es fácil decirlo, pero en ese momento era “ahora o nunca”. Ni siquiera sintió vértigo, se limitó a esperar su momento y cuando llegó, resolvió todos aquellos años de impaciencia, en una mañana. Se despidió de casi todo el mundo. Dejó rehenes. Se limitó a salir rápido, le faltaba el aire.
El invierno, aunque suave, estaba en su momento más duro y en la calle los ojos le brillaban, más por las emociones que por el frío. Era viernes por la mañana, no serían ni las dos de la tarde. Estaba fuera.

No podía creerlo. Estaba fuera. Esa misma mañana había cerrado acuerdos y contratos nuevos para el negocio, desconocedor de que mientras se afanaba en las negociaciones, alguien estaba haciéndole un traje a medida. Era la maniobra de siempre. Silencio sepulcral a su alrededor, alguna cara larga, pocas palabras, un acércate un momento a la sala de juntas y al entrar sobraban lamentos. La plana mayor con papeles sobre la mesa. Excusas mal explicadas, palabras huecas y la realidad de que estando, ya no estás.
Es el momento del boxeador noqueado. Cuando ha recibido el golpe, las piernas se le doblan, le pesan los puños tanto que le hacen bajar los brazos y sin guardia, recibe el último y cae en la lona. A lo lejos oye la cuenta en su cabeza: uno (eres un gran profesional), dos (tenemos que hacer unos cambios), tres (tienes nuestro total apoyo y las recomendaciones que necesites), cuatro (el peso salarial del departamento es muy alto), cinco (tenemos que optimizar), seis… pero es como si no fuera con él. Después de todo el trabajo hecho, esta tumbado en el suelo. Roto por dentro. Era viernes por la mañana. No serían ni las dos de la tarde. Estaba fuera.

Cuando lo conoció, le enamoró su valentía. Siempre animoso, audaz. No quería rendirse, ni plegarse. Creía que valía más de lo que cobraba, que en definitiva es el metro que maneja el éxito, hoy día. Había empujado siempre, había trabajado siempre, había luchado siempre y cada triunfo era suyo y de nadie más. Lo había visto muchas veces decir cabizbajo que no era su sitio, que necesitaba otros retos, otras metas. Se le partía el alma de verlo hacerse pequeño, de verlo dejar de brillar. Ella sabía que al él cada mañana le faltaba el aire. Por eso, cuando lo vio llegar aquel viernes a casa, supo que por fin se había marchado de aquella prisión de silencio. Le brillaban los ojos, sería el frío. No. Era simplemente ilusión y orgullo. Era viernes, casi la hora de comer. Estaba fuera.

Comentarios

LO MÁS LEIDO

ESTADO DE ALARMA. Dar la talla

ESTADO DE ALARMA. Cincuenta días después.

ESTADO DE ALARMA. Jabonerías,17 (RELATO COMPLETO)

ESTADO DE ALARMA. La Corredora