ESTADO DE ALARMA. Dar la talla


Cuando empezó a echarlo de menos tanto que casi le dolía, subió a la terraza. Desde ahí podía estar un poco más cerca del cielo. Tuvo que recordarse porque le gustaba tanto, porque obviamente no era lo mismo. Doscientos metros de perímetro intentando no dar con la cabeza contras las cuerdas de los tendederos y esquivando sábanas tendidas. Prefirió andar, hubiera sido un sacrilegio intentar correr en ese espacio y a esas alturas del confinamiento. Pero andar rápido ya era algo, era mucho. Como tenía por costumbre, conectó el GPS y midió la distancia y el tiempo, y descubrió con estupor que a medida que pasaban los días las medias de ese año iban quedando completamente destrozadas, diluidas las carreras del inicio del año entre paseos matutinos. Hasta aquel viernes de mediados de marzo que le prohibieron hacerlo, tenía una cantidad bastante decente de kilómetros acumulados y de tiempos. Esas son las dos magnitudes de cualquier corredor, cuán lejos llegas y cuán rápido lo haces…luego están los que no lo reconocen y dicen que sólo es para divertirse, pero es mentira. Si lo hicieran para eso no llevaría reloj.

Cada mañana se levantaba a las siete y media para subir. Hubiera podido hacerlo más tarde, pero no quería coincidir con nadie, no quería que pensasen mal de él. Se ponía guantes y mascarillas y no tocaba nada. Aunque comenzó solo, poco a poco las terrazas colindantes se fueron poblando, no obstante, a esas horas las personas que había eran deportistas: también madrugaban y tampoco paraban. Iban roboticamente de un extremo a otro de sus recintos, sin levantar casi la cabeza del suelo porque el objetivo era activar el organismo, una hora al menos. La mayoría con los auriculares puestos, se aislaban en su música, en sus podcasts, en sus mundos, para arrancar otra jornada baldía, desde la alegría de no sentirse anquilosados.

Pero no dura mucho la alegría en casa del pobre. Empezó a encontrarse cada mañana pruebas de que el día anterior después de que él se fuese, en la azotea había habido un nivel de actividad alto…colillas, papeles de caramelo, una rayuela dibujada con tiza, “¡una mesa!” Chilló hacia dentro con la cara alucinada cuando se encontró con el modelo LACK de siete euros de una marca de muebles sueca…no dio crédito y menos cuando al día siguiente a la mesita le acompañaba la sillita a juego...algún padre inconsciente, se había subido mobiliario a los espacios comunes de la comunidad.

Posiblemente fue ese el momento en que se dio cuenta de que el día que los dejaran salir a la calle, se confirmaría esa sensación que tenía de que nada había cambiado. Las palmas de las ocho, un paripé. Que esta situación nos haría mejores, una falacia. Así fue como comprendió que no sabríamos dar la talla. Después de tres prorrogas de confinamiento, seguíamos sin entender el problema. El humano es insolidario por naturaleza y no al revés. Cuando se habla de cultura, consiste en mucho mas que en acumular datos en tu cabeza. Tener cultura, es un compendio entre información, experiencia y capacidad de razonamiento, que sitúa a los humanos en un escalón de la cadena de desarrollo, superior a la de un mono. Pero es una pena que tengamos tantos congéneres que no alcanza el raciocinio de un simio. Y es que era una sociedad adormecida por la televisión, una masa alienada. Tampoco era la primera vez, es una constante en la historia. Sin ir muy lejos en Roma nos dieron pan y circo… y ahora nos daban fútbol y realities. Así consiguieron que no pensásemos y lo que es peor que dejásemos de aprender a escuchar, que es el primer paso antes de poder reflexionar.

        No se entendió nada. Nos dijeron que no podíamos salir de casa y hubo quien pensó que era como estar de vacaciones y podía irse uno a la playa, por si se podía bañar. Lo hicieron porque no entendieron que el bien común es superior al individual. Nos dijeron que los niños no podían salir a la calle y los subieron a las azoteas. Subieron con balones, con patines, ¡subieron a jugar con los vecinos de enfrente…subieron con mesas de sus propias casas! No entendieron que la enfermedad le podía tocar a cualquiera y que cuando se decía que hay que estar aislado, es de todo el mundo, incluidos los vecinos.

        El miedo dio paso a la indiferencia y si hay algo peligroso en esta vida es la ignorancia. Desgraciadamente de ignorantes estaba lleno el mundo. Los políticos, con una catadura moral cada vez más baja, nos engañaron de nuevo. Los que tenían que decidir no sabía hacerlo, no estaban preparados, no daban la talla. Los que estaban en el banquillo de enfrente, tampoco la dieron. En el momento de unir, dividieron. En el momento de disculpar, acusaron. En el momento de empujar, se pararon. La sociedad hizo uso de ese maniqueísmo tan nuestro y se posicionó. Dos bandos, como siempre. Las redes sociales ardían buscando culpables y nadie se dio cuenta de que lo importantes era lo que se estaba cociendo y no lo que ya se había cocido.

El mundo como lo conocíamos había cambiado. Pero nade se dio cuenta, porque estábamos en la menudencia. Poco se habló de deportista dominguero, del amateur absolutamente obsesionado. Con un sentimiento sectario, nadie se dio cuenta tampoco. Los runners se saltaban el aislamiento porque no aguantaban más. Lo publicaban en redes y había quien los defendía. Pillaban a dos atontados en bici gritando “tengo derecho” y había quien los aplaudía. Y toda la preocupación no fue que iba a ser de la economía mundial, si podría soportar que el mundo se parase dos, tres, cuatro meses…no. La obsesión era cuando nos dejaría salir a correr…Y a nadie le pareció raro, que solo importase eso, salir a correr, y que los hijos pudiesen bajar a la calle.

Y los políticos en su burbuja, no previeron lo que se venia encima. La presión popular hizo mella, la presión de la oposición hizo mella, la presión de lo que hacían en otros países hizo mella y al final dieron las dos fechas reclamadas: cuando poder hacer deporte y cuando podrían salir los niños. A nadie le importó el cómo, sólo el cuándo. Inocentemente precintaron los parques y jardines, pero los mismos padres que bajaban a sus hijos al garaje a montar en bici, no iban a respetar un trocito de cinta de plástico. Los niños entraron en los jardines como manadas y los parques se poblaron de personas con muchos derechos porque llevaba mes y medio encerrados sin ejercerlos…y su derecho era siempre superior al derecho del otro. Nadie entendió que la razón de estar recluidos no se había marchado, que los portadores inmunes eran transmisores, y salieron también los miembros de la secta deportiva. Con el síndrome de abstinencia, la obsesión de empezar, hacerse la foto y subirla a las redes fue incontenible…porque tristemente en el fondo, su afición era poco más que eso.

Ya con los niños en la calle y sus padres brincando alegremente por la ciudad, enseguida surgieron otros grupos que también tenían derecho. Tenían derecho los padres separados a ir a por sus críos, tenían derecho los abuelos a ver a sus nietos, tenían derecho los que callaban a hablar y los que hablaban a callar. Tenían derecho los políticos a pasar factura, tenían derecho los funcionarios a sus días de vacaciones y a los moscosos también. Tenían derecho los trabajadores a recuperar los días perdidos, tenían derecho los autónomos a reclamar los ingresos que habían dejado de percibir, tenían derecho los empresarios a cerrar sus negocios dejando a la gente en la calle, tenían derecho los sindicatos a poner el grito en el cielo. Tenían derecho los independentistas a pedir su independencia, tenían derechos los religiosos a volver a sus cultos, tenían muchos derechos los de arriba, cada vez menos los de en medio y ninguno los de abajo.

Y todo el mundo siguió sin darse cuenta de que eso no era lo importante. Porque el motivo del confinamiento seguía ahí…y cuando todos los ignorantes cargados de derechos salieron a la calle a reclamarlos, la causa de todo se cebó con ellos. Repuntaron los casos de contagios, se multiplicaron exponencialmente e hicieron estragos entre aquellos que asaltaron las calles a ejercer sus derechos. Los niños contagiaron a los padres, los padres a los vecinos, los vecinos a los compañeros de trabajo… volvieron a colapsarse las urgencias, volvieron a faltar respiradores, volvieron a necesitarse estudiantes de medicina ejerciendo de lo que aún no eran. La tasa de mortalidad siguió creciendo y volvió a pararse el país de nuevo. El mazazo fue definitivo, porque ¿cuánto tiempo se puede estar sin trabajar? Eso nadie lo pensaba cuando ejercicio sus derechos.

No supimos dar la talla, pero ¿qué era eso? Tal vez no darla también lo incluía a él, que creyó tener el derecho de subir a la terraza a andar y sólo porque en otra vida, que ya no volvería, le gustaba correr. Creyó que podía hacerlo porque lo hacía temprano, porque lo hacía solo, porque llevaba guantes, porque usaba máscara… y cuando vio que otros también subían, pensó que lo hacían mal porque no tenía derecho a hacerlo. Ni el tampoco.

PD: basado en hechos reales



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