ESTADO DE ALARMA.Quince días prorrogables
Todo iba ralentizándose, cada vez a cámara más lenta. Después de quince días encerrados, lo único que iba rápido era el tamaño de su barriga. Le gustaba hacerse la prueba del pliegue cada vez que se sentaba en el WC, que era a menudo porque hacía años que su mujer lo había convencido de que era más limpio mear sentado. De todas las locuras que le había sugerido, esa y pasar religiosamente por el bidet cada vez que, hacia aguas mayores, eran parte de su credo. Así pues, varias veces al día, se sujetaba el estómago con una mano. Como en el dicho “todo lo que la mano no cubre, no es teta sino ubre” , el sabía que si su zarpa tenía dificultades para abarcar toda la extensión de su panza, la cosa se iba de las manos, nunca mejor dicho. Al verificar que aún podía recoger la adiposidad en su totalidad, procedía a coger las lorzas individualmente, entre el índice y el pulgar. Así medía el grosor exacto. Una vez efectuadas estas verificaciones, se decía así mismo: “aún no está la cosa perdid...