ESTADO DE ALARMA. Cincuenta días después.
Ya
había salido a la calle antes, pero para nada que realmente le interesase.
Había tenido que ir a comprar y también había tenido que ir a recoger los
papeles del despido. Podía comprender la situación, como no, pero le pareció
macabro que mientras que le daban la patada en el culo, su jefe tuviese un
presupuesto sobre la mesa para cambiar el coche de la mujer y además, medio le
sugiriera que por lo que cobraba él, podía coger a tres después de la crisis.
Estuvo feo, pero ser un patán no está reñido con ser el propietario de la
empresa, lamentablemente va muchas veces unido. Recogió los documentos y se
despidió con la voz temblorosa de los que se quedaban, y que no necesariamente
sobrevivirían, aunque eso ya le importaba un bledo. Tenía la suficiente
experiencia como para saber que no dejaba amigos dentro de aquellos despachos,
algún compañero con el que se llevaba bien y que cuatro llamadas después
pasaría página. Así que él, la pasó directamente.
Le
costó dormirse y le costó dormir. Se pasó la noche dando vueltas de un lado a
otro de la cama, en un duermevela en el que se veía en el despacho discutiendo
su valía profesional, en el que se preguntaba dónde iba a sus cuarenta y tantos
a empezar de nuevo... Iban pasando la noche. Acalorado, incómodo, mirando las
luces de la calle por las rendijas de las persianas, intentando adivinar la
hora. Sobre las seis oyó los primeros pájaros. A las siete ya no aguantó más.
Le dolía la cabeza, era un rumor suave que lo acompañaba las últimas semanas.
Fruto del encierro o de la incubación del virus o de la preocupación o Dios
sabía qué, pero ahí estaba como un testigo silencioso de su sufrimiento.
No
quiso prepararse la ropa la noche anterior, con ese ritual tan torero de
colocar cerca del altar lleno de estampas de la virgen la taleguilla y los
machos, así que buscó a palpones en el armario para no despertar a nadie. Unas
mallas de compresión, una camiseta y aunque sabía que iba a hacer bastante
calor, un cortavientos, siempre podía atárselo a la cintura. Se quedo mirando
la pila de cajas de zapatillas y lo tuvo claro. Las sacó de la caja, miró la
suela, repasó el upper. Perfectas, no en vano llevaban días lavadas, secadas al
aire y rellenas de papel, esperándolo.
No
tenía más que hambre de kilómetros, así que no iba a desayunar nada, además la
tirada que tenía pensada no requería de ninguna reserva de nada. Entró al baño,
se aseó y se aplicó vaselina en los lugares que luego podían darle problemas.
Se vistió con parsimonia, cogió el teléfono y los airpods. Salió de casa y al
acceder a la calle, vio pasar fugaz a otro corredor. Sonrió, mientras que el
GPS buscaba señal y por un momento se imaginó ese satélite orbitando,
recibiendo miles de llamadas de dispositivos, después de haber estado tantos
días preguntándose ¿hay alguien ahí? Vibró la muñeca y un instante antes de
arrancar, el corazón se le desbocó dentro del pecho. Era la misma sensación que
cuando vio a su mujer la primera vez y cayó rendido a sus pies. La misma que cuando
nacieron sus hijos. La misma que cuando consiguió su primer trabajo…estaba
realmente conmovido, hasta el punto de tener un brillo en los ojos. Sería
alergia.
Los
pies avanzaron ligeros, conocían el camino. Lo habían hecho mil veces y
llevaban soñando que volvían a hacerlo casi una eternidad. Pronto el pulsómetro
le marcó el estado de forma… ¡cuánto había perdido desde su última vez!, pero
no eran esas las sensaciones de su cuerpo. Se sentía volar. No era como cuando
salía de una lesión, ni mucho menos. Era algo maravilloso. No quería cebarse,
porque sabía que al día siguiente tendría agujetas. Cuanto más rápido fuera,
cuanto más lejos llegara, más lo notaría...y lo último que necesitaba ahora eran
problemas físicos. Prudencia máxima se decía. Paró cuando llevaba quince
minutos. Sacó el teléfono, quería hacer una foto para su mujer. La misma foto
que había hecho otras mil veces antes, pero ahora era como la primera vez, de
la que ya no se acordaba porque no había tenido nada de especial. De ésta, sí
se acordaría durante toda su vida. Estaba guardando el teléfono cuando pasó una
chica algo, más joven, andando rápido. Se miraron un segundo, como dos
desconocidos, pero debió de darse cuenta de que le había brillado un ojo e
igual no era la alergia, porque ella le sonrió con ternura y él levantó la mano
entre agradecido y estremecido, por un segundo había dejado de ser invisible.
Siguió corriendo. Se cruzó con más gente, pero sólo vio dos o tres realmente
embelesados. Los entendió al instante, sobraban palabras.
Mientras
que cabalgaba sueños, iba escuchando la playlist que se preparó la última
carrera que hizo. Tenía trampa aquella recopilación, porque había muchas
canciones que lo hacían acelerar y no quería pasarse. La música es una fórmula
de doping absoluta. Cuando crees que no puedes más, un tema que te gusta, que
es capaz de animarte, te saca esas fuerzas de donde no quedaba nada. Muchas,
muchísimas veces habían conseguido alcanzar ese estado dónde sólo sientes un
pie detrás de otro, los brazos al compás de las piernas, el sonido de la
respiración y dentro de tu alma el ritmo de las pisadas fluyen al son de la
música. Hoy era de esos días, sin duda.
Volvió
a casa, mejor de lo esperado. Aún era temprano, claro. Igual estaban todavía
durmiendo. Estiró la musculatura, sabiendo que llegarían unos dolores maravillosos.
Al abrir la puerta, su mujer estaba en la cocina preparándose un café. Lo miró
de reojo, lo conocía demasiado bien para saber que el brillo de sus ojos no era
sólo la alergia. ¿Y qué?, le preguntó. Rompió a llorar, cincuenta días después.
P.D.:
dedicado a todos aquellos que saben realmente de lo que hablamos, cuando hablamos
de correr. No somos tantos.
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