MADRE NO HAY MAS QUE UNA - Los ocupas
Sentado en aquel salón, se
miraba las manos sin comprender todavía muy bien lo que había pasado. Desde que
llegó a España con sus padres, en un viaje interminables desde Bucarest en
autobús, su vida había dejado de ser la de un niño para convertirse en la de un
hombre, pero sólo tenía doce años. Después de que se muriera su abuela materna,
sus tíos decidieron vender la casa y ellos, que vivían allí, tuvieron que abandonarla.
Con el dinero que recibió su madre, decidieron dejar de pasar miserias buscando
en España la tierra prometida. Del pueblo, muchas mujeres se habían marchado y
contaban maravillas, todas con buenos empleos, mandando dinero para que
mantuvieran a sus hijos con las comodidades que no podían tener con los
salarios rumanos.
Al llegar a la estación de
autobuses, ya notaron un cambio. Era moderna, toda de acero y cristal. No
aquella parada cutre a pie de carretera en la que embarcaron. Había un ir y
venir constante de personas y los tres se sintieron perdidos en mitad de
aquella marea humana. Aunque le habían enseñado en la escuela, que el rumano
era una lengua romance como el español, no entendía nada. Aquella gente hablaba
muy rápido, iban muy rápido en general. Ni siquiera en Bucarest había visto
tanta celeridad, sobre todo cuando lo comparaba al ritmo de vida en su pueblo, donde
la vida pasaba por delante al mismo ritmo que pastaban las vacas en los prados.
Llamaron a Nicoleta nada
más llegar. Era su prima mayor y llevaba allí tres o cuatro años. Ella le había
conseguido a su madre un trabajo limpiando en una casa. Entró como interna,
viviendo con los señores, con uniforme y todo. Sólo le daban libre el domingo
por la mañana, el único momento que le quedaba para ver a su familia. Estaba
contenta, porque aunque no cotizaba y no veía a su familia, le pagaban
novecientos euros. Eso era mucho dinero. Lo malo es que casi la mitad se iba en
pagar el cuarto que habían alquilado en un piso compartido. Esa era una de las
cosas que más le costaba, vivir con extraños. Se pasaba el día encerrado en
aquella habitación diminuta, mientras que su padre buscaba trabajo. Les daba
miedo abandonar lo poco que traían, así que no había más remedio. Luego estaba
la organización de día a día. Compartir el baño, la cocina, la lavadora... En
cuanto su padre consiguiera dinero, se marcharían de allí a algún lugar para
ellos solos.
Su padre era un hombre
tranquilo. Era hijo de la época post Ceaușescu apenas treinta años, igual que
su madre. Se conocieron en la escuela, se enamoraron y no tardaron en quedarse
embarazados. Con diecisiete años, sin dinero y en aquel pueblo, no tuvieron más
remedio que acomodarse en casa de la abuela y trabajar en lo que les salía,
sobre todo en el campo. Pero no había porvenir. Como estaba acostumbrado a
trabajar, se pateó todas las obras buscando faena, pero no habían llegado en el
mejor momento a España y en todos lados le decían que no había trabajo “ni para
los españoles”. Conoció a Petrus, en una de las gasolineras que se había
convertido en la oficina del paro de los defenestrados. Allí paraban capataces
de obra, propietarios de fincas…empresarios en busca de mano de obra barata. Los
recogían como al ganado, para tenerlos de sol a sol trabajando y pagarles la
mitad que a los españoles, además sin cotizar a la Seguridad Social. Petrus era
un boxeador de Timisoara que trataba de pluriemplearse de la mañana a la noche.
Tenía dos familias, la que dejó en Rumanía y la que fundó en España, de modo
que para mantener a ambas se pasaba las mañanas como pintor de brocha gorda,
las tardes como monitor de boxeo en un gimnasio de extrarradio y las noches
como portero de discoteca. Había días que no dormía y sabía que con ese ritmo
no podía seguir toda la vida, así que empezó a buscarse maneras de ganar más
dinero de forma menos trabajosa. Lo encontró trayendo chicas de su país a
burdeles de mala muerte. Cuando conoció a su padre, esperó a que la angustia de
ver que no podía aportar dinero lo consumiese y así fue como empezó todo en
realidad.
Al poco tiempo de trabajar
juntos, pudieron trasladarse a una casa para ellos solos y su madre dejó el
empleo de interna. El dinero entraba con asiduidad y por un breve espacio de
tiempo pudieron disfrutar de ciertas comodidades. Eso sí, sin su padre porque
salía de casa al caer el sol y no volvía hasta bien entrada la mañana…y una
mañana no regresó. Llamaron a los hospitales, llamaron a las comisarias,
llamaron a Petrus y simplemente se había evaporado. A las dos semanas, los
llamaron del anatómico forense para comunicarles que lo habían encontrado
descuartizado dentro del maletero de un coche abandonado en un descampado.
Además de la tristeza se les cayó el mundo encima. De nuevo sin dinero y solos
en un país extraño.
No tardó en aparecer
Petrus por la casa, intentó congraciarse con el hijo para llegar a la madre.
Primero para tirársela y después de fracasar, para ponerla a trabajar en uno de
los clubs como camarera, que era el paso previo a hacerla puta. Ella también se
negó. Pero a ningún macarra le gustan las negativas, así que no tuvo más
remedio que coger sus cuatro cosas y a su hijo y desaparecer de allí. No había
dejado su tierra y un marido en le camino, para terminar de puta barata y bares
de alterne.
De nuevo se encontraron en
una estación, esta vez de tren, pero sin nadie que pudiera echarles una mano.
La primera noche la pasaron en los bancos del propio andén, pero al amanecer
tuvieron que moverse. Dieron con una parroquia de Caritas y consiguieron que
los apuntasen en una lista para entrar en pisos tutelados, pero seguían en la indigencia
hasta que hubiese hueco. Cada mañana acudían al comedor social y preguntaban si
la lista avanzaba. Con doce años, estaba en la calle, sin escolarizar, viviendo
prácticamente como un mendigo. Y la calle curte, porque el miedo pule a los
niños y los transforma en hombres. Cuando llegó noviembre, la cosa se puso fea.
La lluvia y el frío hacía la supervivencia mil veces más dura que el verano.
Abrazados entre las mantas que les dieron unos voluntarios, madre e hijo se
preguntaban que hacían allí, que necesidad tenían de haber dejado su pueblo,
para acabar viviendo como mendigos, sin dinero, sin futuro y sin ilusiones. Una
de las mañanas que acudieron al comedor, había una trabajadora social. Les
prometió ayuda, pero aún les arruinó más la vida, cuando escolarizó al niño. Lo
que debía ser motivo de alegría, se convirtió en una humillación para el
chaval. Mientras que los compañeros acudían al colegio bien pertrechados de
ropa y de libros, el acudía con prendas usadas, muchas veces sucias, y por
supuesto sin material escolar. Pronto fue el centro de las burlas y él no supo
cómo resolverlas, salvo a palos en el patio. Solo y marginado, terminó
expulsado. Esa expulsión junto con la ausencia de hogar supuso que la
trabajadora social propusiese internarlo en un centro de menores tutelados. A
su madre, que el tuviese un techo le pareció adecuado y a él dejarla atrás una
puñada en el corazón.
En el centro de acogida,
en general, lo que había era delincuentes. Daba igual que llegasen en patera,
en autobús o de una chabola en la periferia, aquellos chicos no eran como él.
Eran delincuentes, que tenían amedrentados a los cuidadores que además no daba
abasto para manejar la cantidad que tenían a su cargo. Por la noche muchos se
escapaban para ir a buscarse la vida fuera, trapichear con drogas, hacer de
chaperos por los parques y darle el palo a quien se cruzasen, era el pan nuestro
de cada día…y una noche se cruzaron con su madre.
Detrás de un centro
comercial, arropadas por las sombras, se ponían las putas más baratas de la
ciudad. Al principio le dio asco y vergüenza, pero tenía que comer. Al
contrario de lo que piensa todo el mundo, hacer la calle no es lo fácil, pero
cuando vives en la miseria tienes que elegir entre chupársela a un viejo o no
tener que llevarte a la boca...porque a las extranjeras no las quieren ni para
limpiar escaleras. La primera vez, le vomitó encima al cliente, que además de
no pagarle, le dio dos hostias y la obligó a terminar lo que había empezado.
Después de eso, empezó a fumar base y ya no le importaba nada. La noche en que
la asaltaron aquellos chavales, estaba tan colocada que no se dio cuenta de que
había uno sentado sobre el bordillo llorando.
Cuando terminaron de
violarla, se acercó a recoger la ropa del suelo e intentó taparla como pudo. Se
sentía impotente pero sólo tenía doce años y no habían podido hacerle frente a
aquella manada. Tuvo que taparse los oídos para no oír las risotadas y verlos
insultándola tirada en el suelo. Él nunca había visto a su madre así,
desmadejada en el suelo, con el rostro descompuesto, los ojos idos, sin sentir
ni padecer. En aquel momento decidió que necesitaba salir del centro y sacarla
de la calle, si nadie le conseguía un lugar dónde meterse, el encontraría donde
hacerlo. Y de nuevo el destino les jugó una mala pasada. Uno de los chulos que
pululaban por la zona y que tantas veces le había propuesto a su madre
protegerla, aprovechó ese momento de extrema debilidad para ayudarlos. En la
calle, no hay nada gratis, eso ya lo sabía cuando aceptó. Yuri, le dijo que desintoxicaría
a su madre, iba a llevarlos a un piso y allí los dejaría, tranquilos para pasar
el mono. Ellos lo único que tenían que hacer era no salir de la casa, pasase lo
que pasase. Así llegaron aquella tarde a un piso del centro con Yuri, que haciéndose
pasar por cerrajero, abrió una puerta con un maletín de herramientas, cambió el
bombín y les dijo – “de aquí no se mueve nadie, hasta que yo lo diga. Tomad
este teléfono y no abráis. Vendrá el dueño, vendrá la policía, pero las leyes
españolas nos protegen y tiene que ser un juez el que dicte la orden de
desalojo. Mientras que no salgáis nadie puede entrar sin orden judicial. Registrad
la casa y buscad los datos de propietario y la documentación. Yo os llamaré a
este teléfono para que me digas como se llama el dueño, a que se dedica y todo
lo aquello adicional que me digáis, nos servirá para negociar el rescate del
piso. Aprovechad para estar cómodos, vivir como personas y que tu madre pase el
mono aquí. Cuando resolvamos la situación con el dueño, os daré mil euros y si
queréis podemos repetir en otra vivienda”. Tal vez no le diera los mil euros
luego, pero por el momento tenían donde dormir como personas y no como
animales. Con ese dinero, compraría dos billetes de avión y volverían a
Rumanía, que más vale ser pobre en casa que profeta en la ajena. En cualquier
caso, sólo tenía a su madre y no podía consentir que la calle se la comiera porque
madre, no hay más que una.
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