MADRE NO HAY MAS QUE UNA - Marta


Media vida como maestra de escuela, enseñando a una generación tras otra a enamorarse de los libros, de sus protagonistas, de los paisajes, de lo que cuentan y de lo que no cuentan. Siempre animando a esos críos a conocer mundo para que comprendan que la vida no cabe en su casa, ni en su barrio, ni siquiera en su ciudad. Que tienen que atreverse a desafiar el Sino, a no plegarse a lo que otros quieren para ellos, a ser libres, a pensar por sí mismos, a ansiar aquello que está por llegar. Años de trabajar las ilusiones de los pequeños, de sembrar en ellos la simiente de la duda, de animarlos a ser rebeldes…y de repente aquel diagnóstico que la cogió desprevenida y sola, la sumió en el pozo de la incertidumbre. Un agujero tan negro y vacío, que era una caída sin fin. ¿Cómo encajas que con apenas cincuenta años, te han detectado un tumor del tamaño de una mandarina en el pecho? ¿Cómo lo haces, cuando desde que murió tu marido, ya nada ha vuelto a ser igual? Su hijo era prácticamente un púber cuando enviudó, diecisiete años tenía, y ella cuarenta y dos. Con cincuenta, un cáncer y un chaval más bien vago, intentando terminar una carrera que seguramente nunca debió empezar, esa cuesta se hacía tan empinada que simplemente no le apetecía subirla. Y no era desidia, sino tristeza.

Eran demasiado jóvenes cuando Joaquín se estrelló contra aquella mediana. Tenían toda la vida por delante. A veces se sentaban en el balcón a fumar un cigarrillo y se prometían una segunda juventud, porque el crío estaba a punto de empezar la facultad y con suerte en cinco o seis años, estaba licenciado y trabajando. Eso, si no se iba antes de Erasmus y terminaba quedándose en otro país porque encontraba novia, o novio (era un tema espinoso). – Cuando nos quedemos solos de nuevo, no tendremos ni cincuenta, Marta. ¡A vivir!  - le decía siempre. Mirando la lápida del nicho, se le llenaron los ojos de lágrimas porque supo que ya nunca volverían a Roma, nunca andarían de nuevo por la playa pisando la arena húmeda mientras que el crío se les enredaba entre las piernas, nunca volvería a gruñirle que se diera la vuelta en la cama y dejase de roncar. Y nunca, es demasiado tiempo. Si Joaquín hubiese estado con ella, la quimio le hubiera hecho seguramente el mismo efecto, pero él no habría dejado que le comiese por dentro lo más sagrado, la alegría. Con la mastectomía le extirparon también la ilusión, y con la prótesis de silicona, le implantaron el terror. Nada volvería a ser nunca jamás igual.  Y nunca jamás, también es demasiado tiempo. Mucho más que nunca.

Su vida fue, desde que lo conoció, un ir y venir de su mano a todas partes. Y ahora por más que buscase, no encontraba a lo que asirse. Poco a poco le fue dando la espalda a la familia, a los amigos. Todo el mundo se empeñaba en insistirle en que debía rehacer su vida, pero nadie supo explicarle ¿cómo se recompone lo que ya no existe? Y en ese no existir, prefirió la soledad, al castigo de los consejos que recibía. Para colmo, con diecisiete años, su propio hijo sabía más que nadie en el mundo, así que también le daba su opinión. Y a él no podía darle la espalda, así que simplemente dejó de interesarle hablar con él. Ella se encerró en su mundo y esperó a que éste se desmoronara cuando llegase el momento, ensimismada en el silencio de ver, como resbala el tiempo sobre las ramas de los árboles, sufriendo la persistencia de la memoria.

Cuando le abrió la puerta de madrugada, lo único que podía hacer era darle cobijo y aliento. Era su hijo. El único que el destino les concedió. No podemos decir que fuera un mal hijo, pero él siempre creyó que su problema fue la muerte de su padre, y ella no supo hacerle entender que en realidad, cuando se murió Joaquín, ella también iba dentro de aquel coche. Lo demás, fue un como un tema no previsto, en un concierto bien ensayado. Un despropósito.

Recostada sobre el cojín que tenía encima de la cubierta de flores, Marta mascullaba una de las letanías del Rosario tratando de dormirse. Cuando era niña oía a sus padres en la habitación rezando y ella caía rendida con el soniquete. Ahora, trataba de hacerlo por su cuenta, pero no era lo mismo. Y es que las preocupaciones a sus sesenta y tantos, no la dejaban dormir. ¿Cómo era posible que su hijo hubiese perdido la casa?  El poco dinero que tenía ahorrado, se lo dio años atrás para que se fuera de una vez y la dejara tranquila. Terminar la carrera fue ya un suplicio, y luego la genial idea de opositar, siendo como era una persona poco dada al... Diez años más de lo previsto necesitó para salir de la casa. Y encima amparándose y excusándose todo ese tiempo en que no quería dejarla sola…que era lo que en realidad más deseaba del mundo. No tener que darle explicaciones de sus tristezas a nadie.

Cuando se despertó, no recordaba nada de la noche anterior…hasta que oyó trajín en la cocina. Por un momento, volvió a tener cuarenta años, y suspiró su nombre entre los labios…Joaquín…pero ya no era ayer, sino mañana. Delante de la Melita, su hijo se peleaba con el transistor, intentando sintonizar Radio Nacional. Mamá – le dijo – no he pegado ojo en toda la noche. No sé lo qué hacer, en Comisaría me dijeron que sin una orden judicial no pueden intervenir y yo estoy con lo puesto. No tengo ni ropa, ni papeles. Me han robado la vida. A mí también me robaron la vida hace veinticinco años – pensó Marta- y nunca ha parecido importarte demasiado… Hijo, vamos a acercarnos al Corte Inglés a comprarte algo de vestir y luego vamos a buscar a un abogado al que llevarle la denuncia y que nos diga cómo proceder – se esforzó Marta por sugerirle.

Sobre la mesa de la cocina, comenzó a vibrar el móvil hasta que a su hijo le cambió la cara al descolgar. Se limitaba a mover la cabeza asertivamente, blanco como el papel. Colgó. Mamá, eran los ocupas – susurró – que si les entregamos diez mil euros se van del piso…yo no tengo ese dinero, está todo en la casa, vivo prácticamente al día. Marta, cariacontecida, salió de la cocina ordenándole que se vistiera. Por un momento, la energía de su voz le recordó a cuando eran una familia de verdad. Oyó el repiqueteo del agua sobre la cerámica del pie de ducha, oyó el secador a todo meter, oyó los cajones de la cómoda abrir y cerrarse, las puertas de los armarios, el vaporizador del perfume…oyó a su madre casi chillarle – vamos, que se nos echa la mañana encima- y de nuevo por un instante, casi le pareció escuchar desde el cuarto de estar la voz de su padre  diciendo – haz el favor de no perder tiempo y hacerle caso a tu madre. Cogió la denuncia y se la metió doblada en el bolsillo de atrás de los vaqueros, - espera mamá- gritó con la voz agobiada mientras oía los goznes mal engrasados de la puerta principal.

To be continued...

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