ESTADO DE ALARMA. La Corredora
PROLOGO
Era
curioso leer las redes sociales. Ya harían un estudio más delante, porque el
perfil que se mostraba en ellas distaba mucho de lo que conocía. Resulta que su
barrio, su ciudad, su país, estaba repleto de deportistas. Podías ver a gente
en su casa haciendo un poco el indio (que nadie se ofenda), corriendo una media
maratón a ocho minutos el kilómetro alrededor de la mesa de su cocina…y sus
seguidores los aplaudían enloquecidos. De cómo debían terminar aquellas piernas
con constantes cambios y giros en un espacio nimio no se decía nunca nada, pero
así es la ficción del mundo virtual, sólo muestra lo bueno.
También
había muchos que apostaban por ejercicios más rudimentarios: abdominales mal
hechas tirados en el suelo del salón, amagos de saltos que debían de enloquecer
al vecino de abajo, pesas con cartones de leche y mil planes de entrenamiento confeccionados
por youtubers, instagramers, influencers...
Con
este panorama olímpico, curioso era que se hubiera agotado la harina en los
supermercados porque la población se había lanzado compulsivamente, a hacer toda
clase de alardes culinarios: panes, magdalenas (o su versión snob: “muffins”),
bizcochos, galletas (“cookies” para algunos) …todo muy sano. A nadie le dio por
agotar el brócoli o las judías verdes. Voló la cerveza, los panchitos, las
pipas, las patatas fritas…los “snacks” que dicen los ingleses. Insisto, no se
abalanzó la gente sobre las coles de Bruselas y los pimientos, lo hicieron
sobre carbohidratos, harinas, grasas saturadas y alcohol de todo tipo…oír el
contenedor de vidrio por las mañanas, era escuchar la Filarmónica de Londres.
Cualquier hijo de vecino estaba media hora encestando botellas, ya se sabe que
el deporte da mucha sed…
Por
la gran pasión que el COVID-19 nos hizo mostrar por la actividad física, no
chocó la obsesión que se despertó en el país. ¿Cuándo podemos entrenar?,¿a qué
horas?, ¿cuántas veces?, ¿en compañía o solos?, ¿qué deportes?, ¿puedo coger el
coche para ir a la playa a sacar la piragua…? Debates intensos en cualquier
medio sobre la perentoria necesidad de salir a entrenar. Porque además nadie
hacía deporte, todo el mundo entrenaba…también anecdótico que el que más y el
que menos, se echara un par de kilos al lomo. Alguno más de dos, los que hacían
mucho deporte y tuvieron que cortar radicalmente cuando se paró el mundo…
además por una razón sencilla y científicamente demostrable: se quema corriendo,
con la bici o en el gimnasio, lo que se come. Cuando se deja de quemar y la
dieta no varía (sin necesidad de comer más pasteles, más dulces o más de lo que
sea) el peso crece y comiendo lo mismo, ¡ojo!... pues imaginen como se pusieron
todos aquellos que asaltaban las estanterías de los supermercados.
La
cuestión es que después de una mala planificación para el desconfinamiento de
los niños, en apenas una semana y tras haberse demostrado empíricamente que una
gran mayoría (Sí, Sí… mayoría, no minoría, no seamos cínicos) de los ciudadanos
seguían sin estar preparados para dar la talla moral (pero esa ya es otra historia)
el gobierno dio premiso para lanzarnos a la calle. Dieron franjas horarias y todos
los youtubers, instagramers, twitteros, facebookeros e influencers de nuestro
alrededor alcanzaron el nirvana. El día 2 a la calle. ¡Ahora sí, calienta que
juegas!
LA
CORREDORA
Si
no se sintiera algo ofendida, no sería ella. Tenía redes sociales, tenía
seguidores, hacía publicaciones y porque no decirlo, le gustaba el postureo
como a todo el mundo. En sus momentos de gloria, se hacia la foto, la publicaba
y etiquetaba a Fulanito y a Menganito, para que le dieran al me gusta y con
suerte RT. Si que era vanidosa, pero ¿quién no lo era en ese momento cuándo valías
lo que aparentabas? No era ni la corredora más rápida del mundo, ni la más
resistente. De hecho, tenía siempre alguna tecla, alguna molestia, algún dolor.
Formaba parte de su ADN. Cuando volvía a casa una amplia colección de ampollas,
rozaduras, tirones y contracturas de las que presumir el resto del día, la acompañaban.
No era raro verla cojeando, renqueando más bien. Pero había algo rigurosamente
cierto. Adoraba correr.
Lo
descubrió muy tarde, como casi todo el mundo, pero mucho antes de que la moda
del running lo arrasara todo. Después de un embarazo muy deseado que
afortunadamente la ayudó a dejar de fumar, quiso perder peso y la criatura no
le dejaba mucho tiempo libre. Correr parecía la opción más interesante para gestionar
los huecos. Así quiso dar el paso. Compró unas ASICS bastante rebajadas en un
outlet. Se las recomendó el dependiente que después de media hora de alardeos técnicos
sobre pronación y supinación, le terminó largando unas que además de no ser
apropiadas para ella, le venían demasiado grandes (eso lo descubriría mucho más
tarde claro, cuando ya se hubiera convertido en especialista en calzado como
cualquier corredor que se precie). Aquel día salió de aquella tienda con unas
mallas (también grandes para ella, pero con un 65% de descuento), una camiseta
técnica bien chillona y un portateléfonos para el brazo, como no. Ya sólo quedaba
que llegase el día siguiente.
Doscientos
metros cuando empezó a resoplar. Quinientos metros marcó la aplicación del
móvil, cuando pensó que tenía que hacer una primera parada no le fuese a dar un
tabardillo. Su plan era correr quince minutos en una dirección y llegado ese
momento darse la vuelta. Casi lo cumplió…fueron diez de ida y quince de vuelta,
porque estaba fundida. Veinticinco minutos de carrera a un ritmo inexistente y
entre paradas, re-abroche de zapatillas, estiramiento del gemelo izquierdo,
semáforos y salto a dos perros…otros veinte más. Cuarenta y cinco intensos
minutos, antes de entrar a su casa roja como un demonio, pero con una sonrisa
de oreja a oreja.
De
ahí en adelante todo fueron mejoras: tiempo a correr en total, en hacerlo sin
parar, en ir de aquí a casa de mi hermana, en comprobar si puede llegar hasta...
Si dejamos al margen las lesiones, correr es muy agradecido porque ves
progresos si lo tomas en serio, sobre todo al principio. Incluso buscó un
entrenador profesional, aunque le duró menos que un bizcocho en la puerta de un
colegio, porque el hombre era bueno pero se centraba en sus caballos ganadores
y claro, ella no estaba en ese grupo. Pero aprendió bastante aquel año: lo que eran
las series, lo que eran el fartlek, la importancia de la técnica de carrera y los
estiramientos... Aprendió los suficiente como para organizarse ella sus cosas y
que no le fuera mal. Nunca sería la más rápida, ni la que más lejos llegara,
pero estaba en ese percentil interesante de gente que corre y lo hace en serio.
Luego
llegó la hecatombe. Se puso de moda y el que más y el que menos era runner. Las
calles se inundaron de compradores de Decathlon, el flúor tomó las avenidas y
no había manera de ir por la playa sin ver a dos con una camiseta y una visera
del Iroman de Lanzarote. Todo el mundo corría y todo el mundo lo contaba. Fue muy
peligroso porque la gente llegó a la conclusión de que podía hacer lo que
quisiera. Los disparates de las frases motivacionales, nadie sabe cuanta gente
se llevaron a la tumba, pero en no pocas carreras populares hubo gente que cayo
fulminada al suelo… “si quieres, puedes”, “no pienses, corre”, “no pain, no
gain”, mantras de ignorantes para ignorantes, como no.
Ser
corredor no implica necesariamente tener que hacer una distancia determinada ni
participar en pruebas. Ser corredor es algo más, es experimentar la sensación
de que, por un instante en el tiempo, te fundes con él. No pasa siempre y es
difícil de expresar, pero desde luego ella sabía que no quería ser como ninguno
de aquellos nuevos aficionados. No creía que les gustara correr, muchos ni lo hacían,
estaban dentro de un absurdo postureo donde no les asustaba enfrentarse a una maratón,
entre otras cosas porque no la corrían, “la arrastraban”. Era de la opinión de
que en cualquier carrera debía exigirse un certificado médico y en determinadas
pruebas donde el esfuerzo era notable, se debían acreditar marcas mínimas y un
número concreto de experiencias finalizadas que te habilitasen a pasar al
siguiente nivel. Pero el problema era el mismo que la Paradoja del Coche.
Cuando era niña, su padre tenía un Seat 131. Era un buen coche, en una época
donde el parque móvil lo componían Seiscientos, Ochocientos Cincuenta Especial,
Dos caballos, Simca Mil… también había marcas premium, ¿a quién no le gustaban
los Mercedes? ¿Pues a todo el mundo!, pero entonces se tenía conciencia de
clase… aspirabas a más como no, pero sabías exactamente dónde estabas y que no
todo el mundo podía tener tu coche, ni tú el que llevaba el jefe. Esto era
igual, si no todo el mundo tiene un Mercedes en el garaje ¿porque se ha llegado
a la conclusión de que todo el mundo puede correr un maratón o una ultra?
A medida que se popularizo la
experiencia, ella encontró un mayor placer en el entrenamiento. Y cada vez, una
mayor satisfacción en la soledad. Recordaba el tiempo en que salía con otras
personas, pero llegó un momento en que dejó de hacerlo. Primero porque le molestaba
muchísimo tener que andar persiguiendo gente, luego porque acordar horarios era
otra película y para terminar porque adecuar ritmos era imposible…así que cada
vez fue quedándose más sola, y recordaba mucho una frase de Murakami "Y
me esforcé en aislarme y en reducir todo lo posible el mundo que percibía en
esos momentos"
Así fue como llegó al éxtasis como
corredora. Ya no necesitaba casi nada. El cazado y un poco de música, la hacían
transportarse a un lugar donde el único dolor que la acompañaba era el de sus
piernas. El único sentimiento de fracaso, el de su agotamiento. Lo demás, en
otro plano en ese momento, casi no tenía importancia. Atarse los cordones con firmeza,
eso era trascendental.
EPILOGO
Había
lavado sus zapatillas. Parecían casi nuevas, si no fuera porque los trescientos
kilómetros que soportaban antes del confinamiento, ya le pasaban su pequeña
factura a la suela. No iba a ser torpe, tenía la suficiente experiencia como
para no hacer tonterías, además no se encontraba en un estado de forma ideal.
Se sentía pesada, algo hinchada como cuando te viene la regla.
Arrancaría
tranquilamente, sabiendo que había perdido mucho, casi todo. Pero el cuerpo
tiene memoria, y poco a poco recordaría. La pena es que lo recordaría todo, no
sólo lo bueno, también los dolores, la fatiga muscular, las roturas de fibras… pero
daba lo mismo, ahora sólo quería una cosa, ponerse las zapatillas, las mallas,
alguna camiseta técnica vieja y el cortavientos. Se colocaría los auriculares
justo antes de salir por la puerta de casa. En la calle, mientras esperara la
señal del GPS, se ajustaría las cordoneras, guardaría las llaves y cuando vibrase
la muñeca, justo antes de arrancar, decidiría la ruta. En la cabeza tenía una,
pero esa hoy era imposible. Demasiado larga y le gustaría volver a ser corredora:
ir y volver corriendo. Mañana nadie podría quitarle la sonrisa de la boca.
"Los
tiempos individuales, el puesto en la clasificación, tu apariencia, o cómo te
valore la gente, no son más que cosas secundarias. (...) lo importante es ir
superando, con sus propias piernas y con firmeza, cada una de las metas.
Quedarse convencido, a su manera, de que ha dado todo lo que tenía que dar
(...). Ir extrayendo alguna enseñanza concreta de las alegrías y los fracasos.
Y (...) sentirse satisfecho".
De
qué hablo cuando hablo de correr. Haruki Murakami
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