ESTADO DE ALARMA. Zombies
Despertó
en la cama de un hospital solo. Estaba desubicado y no era capaz
de recordar que hacía allí. Debía de llevar bastante tiempo, porque lucia una
barba cerrada y le costaba moverse, completamente entumecido. No se oía ningún
sonido, el silencio era absoluto. Intentó pulsar el botón de alerta a
enfermería, pero no parecía haber luz, porque aquello no emitía sonido alguno.
Pasó un rato esperando a que alguien entrara y cuando se aburrió de llamar a
voces, decidió incorporarse por sus propios medios e intentar bajar de la cama.
Le dolía el brazo horrores. Llevaba puesto un gotero, vacío desde Dios sabe
cuánto hacía, y tenía amoratada la extremidad entera. Al sentarse al borde de
la cama se mareó y al poner un pie en tierra, trastabilló y cayó. No podía
incorporarse y por un momento se planteó si no habría tenido un accidente y
estaría paralítico de cintura para abajo.
Se
arrastró en dirección a la puerta, afortunadamente abierta, porque no tenía muy
claro cómo llegar a la altura del pomo sin poder ponerse en pie. En ese momento
le vino una imagen a la cabeza. Algo le resultaba familiar en esta escena. Pero
tenía la mente embotada y no podía pensar bien. Siguió, desollándose los codos
contra el suelo de linóleo. ¡Sí, claro! Claro que le sonaba. Si hubiera
conseguido levantarse, abrir la puerta del armario y encontrarse con un traje
de Sheriff y un sombrero de vaquero del medio Oeste, habría sido el primer
episodio de “The Walking Dead”. Lo jodido era que no podía incorporarse y que
estaba seguro de que él, no era Sheriff. No era nada de hecho. Desde que empezó
aquello y su empresa aprovechó para montar un ERE y quitarse media plantilla de
encima, no era nada. Le dieron una carta, en la que explicaban que, por causas
de baja producción, amortizaban su puesto y el de otros compañeros.
Al
principio, todo eran bromas y chistes, pero sobre todo la información era
difusa y confusa. Empezó en China, unos decían que por comer carne de animales
exóticos y otros que había habido una fuga en un laboratorio de investigación
epidemiológica. Pero se daban circunstancias especiales. El régimen político
chino, que propiciaba el ocultismo, y USA llevaban meses enzarzados en una guerra
comercial, que alimentaba todo tipo de especulaciones conspirativas: habían
sido los americanos como venganza mediante la CIA, habían sido los de Corea del
Norte que querían debilitar a los Chinos para ser la primera potencia asiática,
habían sido los Chinos para esquilmar su población porque la explosión
demográfica se les iba de las manos…incluso salieron los de siempre hablando de
Nostradamus y de los Iluminati. Lo cierto es que, en este batiburrillo de
ideas, China estaba lejos de todas partes y nadie le dio a aquello la
importancia que tenía. Ya había pasado antes con el SAR y la gripe A, mucho
ruido y pocas nueces.
El
verdadero problema es que la potencia asiática se había convertido en la
factoría del mundo y si la máquina no funcionaba, el mundo se paraba. Entre
risa, chistes y conspiraciones, nadie se percataba de aquello. Muy preocupados
por acumular papel higiénico y macarrones, la gente no vio el tsunami. Como no
llegaban materias primas, ni productos semielaborados, ni terminados porque las
factorías estaban precintadas y las fronteras empezaban a cerrarse, había
carencia de todo y si no había producto que terminar, que empaquetar, que
transportar, que vender, no había actividad económica y la mayoría de
empresarios aprovecharon para deshacerse de gente. Y nadie se dio cuenta, entre
bromas y chistes y conspiraciones.
Primero
fueron colegios y centros educativos. Se cerraron para contener las fuentes de
contagio y la gente se echaba las manos a la cabeza, ¿quién va a cuidar a los
críos? ¿Los abuelos? No lo vieron. Ellos. Ellos iban a cuidar a los niños,
porque una vez que pasó la primera quincena y el gobierno declaró que tenían
que alargarlo y que cerraban las fronteras, una vez que los empresarios
empezaron masivamente con los ERE’s (porque en la miseria siempre hay quien
saca tajada o al menos lo intenta) y el gobierno a balbucear soluciones
peregrinas, la estructura social empezó a desquebrajarse. “Una guerra, nene.
Lo que hace falta es una guerra para que la gente aprenda lo que vale un peine”.
Cuanto se había acordado de su abuela cuando aquello comenzó. Porque era prácticamente
igual que una guerra. Se había decretado un toque de queda. Se empezaron
aislando algunas ciudades más afectadas, pero pronto se vio que algunos
imbéciles, los enterados de siempre, decidían que ellos iban a seguir viviendo,
haciendo y deshaciendo como si nada pasase y que, si tenían que ir a tal o cual
sitio, iban y punto. No comprendieron que no era una cuestión de salud personal
sino de interés común…aunque a ellos no les pasase factura la infestación,
portaban el virus a otros lugares, a grupos y apersonas que sí. No entendieron
que el problema no es que ellos no se muriesen, sino que saltándose las
restricciones, mentían el bicho en todas partes. Así que pronto, pasaron de
aislar poblaciones concretas a aislarlo todo. Ni siquiera podías acudir a un
hospital porque estaban bunquerizados. La sanidad pública era excelente, pero
la población se había acostumbrado a acudir a Urgencias por un hazte para allá.
Al primer estornudo, se plantaban a colapsar los servicios. Se tomó una
decisión dramática. No se abrirían las puertas de los hospitales, ni de los
centros de salud, a nadie. Fuera cual fuera la urgencia, se tenía que llamar a
un teléfono y una unidad medicalizada, acudiría a recoger a la persona a su
casas, si el triaje telefónico y las pruebas enviadas por medios telemáticos,
así lo decidían. Porque daba igual que alegases que te habías roto una pierna,
tenías que llamar, enviar una foto de la pierna fracturada y entonces entrabas
en una lista para recogida. La cantidad de gente que se quedó en el camino fue
incontable…no se puede fotografiar una angina de pecho, una peritonitis. La
sociedad, siempre egoísta, egocéntrica y ególatra. Siempre tan enterada, tan
poco solidaria, tan banal, había conseguido que la corrupción del sistema racional
se convirtiera en su condena. Por el camino no quedaron sólo los infestados,
quedaron enfermos de otras dolencias, accidentados, personas que hacía unas
semanas no hubieran podido imaginarse una situación así. Pronto se generó otro
problema, toda aquella gente descomponiéndose en su casa, eran otra fuente de
enfermedad e insalubridad. Como en el Apocalipsis, los que tenían familiares
viviendo con ellos, eran sacados a la calle para que los propios camiones de
basura los recogiesen, como lo que eran, despojos de una sociedad enferma. Los
que no tenían familia, era localizados por sus vecinos por el olor a
putrefacción y estos preferían tirar la puerta abajo y sacarlos a la calle, que
esperar a que aparecieran los servicios de limpieza.
Al
principio claro, se rasgaron las vestiduras los de siempre. Las redes sociales
ardían con las medidas, hasta que se dieron cuenta de que ya no era una
cuestión de un gobierno o de otro, es que la humanidad estaba viniéndose abajo,
envuelta en un proceso de descomposición. Las poblaciones se diezmaron
rápidamente y las calles estaban tomadas por el ejército, que tenía que
mantener el orden. Ya no se podía ir a comprar, había racionamiento y se hacían
colas para ir por turnos a recoger artículos de primera necesidad. La pregunta era,
¿hasta cuándo? La gente no trabajaba, no había dinero y tampoco entraba nada
del exterior al país, de modo que las carencias empezaron a producirse y pronto
nos inundó la locura. Ríete ahora de las mascarillas y del papel higiénico, de
los geles antibacterianos para las manos, cuando se buscaba en la basura, un
gramo de cordura. La ley del más fuerte, como siempre.
Toda
aquella realidad se le agolpaba en la cabeza, incapaz de recordar que lo había
traído al hospital. Algo fuerte había tenido que ser, igual estaba de verdad
paralítico. Al fondo del pasillo, oyó pasos. Varias personas, se iban alejando
en silencio. Tuvo dudas si llamarlos o no. A ver si eran zombies…ya le daba a
uno por pensar en tonterías.
“Ehhhh,
aquí. Ayuda”. Oyó como se paraban y daban la vuelta. Desde el suelo, podía ver
que eran cuatro o cinco. Unos con zuecos y otros con botas militares. Tenían que
ser del hospital y los soldados que custodiaban las instalaciones.
“Creía que no quedaba
nadie en este pasillo. Aquí estaban los terminales”
“No
puedo moverme” gritaba.
“No se preocupe, lo
levantamos nosotros” en el informe médico que colgaba a los pies de su cama,
ponía que tenía seccionada la columna. Algo le había sucedido en casa mientras
estaba en cuarentena.
“Es
cierto. Estaba infestado, y una noche mi vecino tiró la puerta debajo de mi
casa para entrar a por comida. Cuando me vio, me golpeo con una pata de cabra
que llevaba para reventar goznes. Me dio en la espalda. Varias veces. Fue mi
mujer quien llamó para que vinieran a por mí, cuando volvió de una de las colas
de racionamiento”
“Enhorabuena, ha
superado usted el virus. Desgraciadamente no podrá volver a andar nunca”.
“Y
mi mujer?”
“No sabemos, hace
semanas que el hospital esta aislado y no recibimos más pacientes”
“Pero
entonces, como contactar con ella. Estará preocupada”
“No creo. Todo ha
cambiad mucho. Mire probablemente no esté ni viva”
“Como?”
“No hay cifras
oficiales, pero posiblemente el ochenta por ciento de la población mundial ha
perecido”
“Como?”
“Mire es
incomprensible es que usted siga vivo. Con el virus, sin vacuna, con la medula
espinal partida y conectado a un suero que hace días que nadie le cambia, es
inexplicable que no haya muerto. Verá el silencio que hay en este lugar. Es la
planta de enfermos terminales, aquí estaba pasando la gente su último suspiro.”
“Pero
que va a ser de mi ahora?”
“No se preocupe por
eso.” Uno de los militares saco una llave y abrió la ventana de la habitación.
Dos de sus compañeros, lo levantaron delicadamente, lo acercaron a la ventana y
simplemente lo tiraron. Cerraron de nuevo. Ni podían cargar con un tullido, ni
hacía falta desperdiciar una bala. Tampoco lo iba a ahogar ahí mismo, no eran
salvajes.
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