ESTADO DE ALARMA. La primera semana
No
podía dejar de dar vueltas en la cama. No se tenía que haber acostado, se
repetía una y otra vez. Se levantaría, pero era ir de nuevo al sofá y llevaba
sentado toda una vida. Al principio nadie pensaba que la cosa fuera tan dura,
una cuarentena en casa eran casi unas vacaciones pagadas. El primer día te
asomabas por la ventana y veías gente de aquí para allá, la mayoría portando
bolsas de la compra. Sin embargo, aquella pandemia avanzaba en progresión
geométrica, lo que al principio eran cifras casi simbólicas de infectados y
muertos, empezó a convertirse en una cantidad notable a los dos o tres días y
en un verdadero terror la primera semana. En televisión, daban información en
un supuesto tiempo real y era para echarse a temblar. Llegó un momento donde
las dos magnitudes se doblaban cada día y las predicciones no eran mucho más
halagüeñas. Basado en no sé qué estudio, aplicaban la Ley de Pareto a los
patrones de infestación, el 80% de la población del país quedaría contaminada y
de ésta, entre el 5 y el 10% morirían, si las mutaciones no complicaban aún más
el asunto. En un país como el suyo, habría más de un millón de muertos. Si
estas cuentas eran así, obviamente estaban mintiendo en China, donde hablaban
oficialmente de ochenta y tantos mil infectados y a penas 5.000 muertos. Allí
no se aplica Pareto, ¿sólo en Europa?
Tumbado,
pensaba en la cadena de acontecimientos acaecida y en cómo le estaba cambiando
la vida. Una semana antes estaba muy centrado en el hijo de la gran puta de su
jefe, en el escote de la nueva becaria, en que su equipo no terminaba de dar el
golpe en La Liga. Temas, todos, fundamentales porque en el fondo la sociedad
llevaba tiempo alienada y el formaba parte de esa alienación. Los habían
programado para satisfacer necesidades cada vez más básicas. El estado de
bienestar y Maslow, habían conseguido que la clase media baja tuviese resueltas
la Sota, el Caballo y el Rey. Aspiraban a más por supuesto, pero lo resolvían
viendo realities en televisión, en esos programas le mostraban como vivían los
privilegiados y ellos hundidos en el sofá con una cerveza de marca blanca en la
mano, se bebían a sorbos la vida de otros. Con este asunto pasaba igual.
Primero les dijeron que era una gripe y punto. Luego que sólo afectaba a los
ancianos, posteriormente que a gente con patologías previas y poco a poco
empezaron a sospechar que nadie tenía ni idea. Era hablar por no callar. Hablar
por hablar. Cerraron los colegios, cerraron las ciudades, cerraron las
fronteras, pero el mal ya estaba dentro.
Contando
los puntitos de gotelé, no dejaba de pensar que sucedería si los camioneros
decidieran que no valía la pena seguir jugándose la vida y dejaran de mover
productos. Encerrados en casa, se había generado un falso estado de seguridad.
Dentro de cada pecera, la gente se sentía a salvo. Una salida a por comida y
mucha televisión, pero todo estaba controlado. A él, tanto oír que estaba
garantizado el suministro le daba mucho en qué pensar. Se arrepentía de haber
tenido hijos. Estaba mal hasta pensarlo, pero el miedo era incontrolable y él
lo tenía. No es que no los quisiera, sino lo contrario, era que no quería verlos
sufrir. Si todo se iba de las manos, si era el inicio de fin, no quería verlos
pasar miserias. Cuando a alguien le importaba algo que no fuera el mismo,
podían ver compungidos en televisión que en algún país dónde hubiese una guerra
o una desgracia natural, criaturas desamparadas, sin nada que comer, sucias,
llorando, muchas huérfanas de padres, necesitaban ayuda y no había quien se la
prestase. Sabía que el final de aquellos niños era la muerte en el mejor de los
casos. En el peor: trata de personas, niños soldado, prostitución, tráfico de
órganos…la atrocidad que quisieras.
Tenía
miedo, por eso no podía dormir. No podía leer. No podía salir de aquellas
cuatro paredes. Solo quería correr, anudarse las zapatillas, ponerse una
playlist, bajar a la calle y mientras que esperaba que el gps localice el
satélite, sentir la brisa de la primavera que se acerca en la cara. Echaba
tanto de menos oler el azar, la buganvilla, la flor del jazminero y el olor de
la hierba mojada recién cortada cuando se perdía por los caminos. Cierra los
ojos y siente como con cada zancada, el suelo lo devuelve al aire. Al fondo visualiza
el monte, donde le espera la jara, el romero y el tomillo, que humedecidos por
la escarcha de la noche le traen a la mente recuerdos de su infancia. Desde lo
alto de la montaña, contempla su ciudad, el mundo entero a sus pies. A lo
lejos, en la línea que rompe el horizonte, se acercan nubes cargadas de lluvia.
Tiene que darse prisa en volver a casa, no le importa correr cuando empieza a
chispear, pero lloviendo fuerte odia sentir los pies mojados, le tocará meter
las zapatillas en la lavadora. Dicen que no se haga, hay gente que no lo hace,
pero él cada doscientos o trescientos kilómetros las mete, protegiendo los
cordones para que no se despeluchen las puntas. Le encanta verlas salir casi
nuevas, las suelas de nuevo preparadas para llevárselo volando a otro sitio. Y
así entrando dentro de cada recuerdo, siente que todo es igual, que nada ha
cambiado.
A
su lado, ella se movía. Le había prometido la luna y el mar cuando la conoció.
Creía que casi se las había dado, porque no había día, ni noche que el no
supiese la suerte que tenía. Llego a ella casi por casualidad, sólo porque
había decidido encontrarla cuando ya casi no se atrevía a seguir buscándola.
Tardo sólo un suspiro en saber que era ella, y en ese instante fugaz supo que
siempre haba sido ella. El tiempo invertido en llegar hasta allí, era el que
necesitó para poder identificarla sin género de dudas. No eran los mismos, la
vida les había dado alegrías y alguna tristeza. Pero allí estaba. Le gustaba
saber que a su lado. Le hacía sentir seguro. Por ella, habría dado la vida y
ahora tal vez había llegado el momento de demostrarlo. Cuando se casaron, le
regaló un reloj. No lo hizo por la pedida, lo hizo porque sabía que desde que
era un niño a el le encantaban los relojes y las estilográficas. Le regaló un
reloj automático y a él se le llenaron los ojos de lágrimas, cuando lo puso en
hora diez minutos antes de salir hacia la puerta de la catedral. Como si
pudiera verla entrando al templo, con los invitados mirándola. Medio alelado y
nervioso, intentaba no llorar. Era una sensación tan poderosa como alcanzar una
meta, porque como en una carrera, se habría rendido mil veces, pero tuvo el
valor de seguir adelante. Mientras pasaba la vista por los bancos de invitados
y veía a su madre con un pañuelo en la mano, secándose el lagrimal oía el reloj
en la mesilla. Un compás perfecto. A veces perfecto hasta la angustia. El ritmo
acompasado de la maquinaria, le recordaba que se estaba comiendo la noche y no
conseguía pegar ojo.
A
lo mejor si había conseguido dormirse al final y todos esos pensamientos, los
había soñado. En cualquier caso, cuando todo pasase, una mañana como esa se
ataría los cordones, se ajustaría el pulsómetro, miraría por la ventana que
tiempo hacía y cuando volviese de buscarse por los senderos, compraría para
todos un cartucho de churros, en el puesto que montan junto a la piscina.
Seguramente habría mucha gente haciendo cola para comprarlos, eran los mejores,
pero a esas alturas posiblemente ya habría aprendido a esperar haciendo colas y
hasta le gustaría estar rodeado de gente.
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