ESTADO DE ALARMA. Adela y María
A lo lejos, oyó las
campanas de la Iglesia. Estaban tocando a muerto. Con la siesta que se había
pegado Adela, lo mismo estaban repicando por ella. Después de recoger la
fregaza y mientras Antonio hacía que veía el Tour en la tele pegando cabezadas,
ella se había sentado al borde de su cama, con cuidado de no desformar el
colchón y había descolgado el teléfono de góndola para hablar con su hermana
antes de echarse un rato. Después de no hablarse durante años por la herencia
familiar, estaban retomando relaciones. Se debía tener el corazón de piedra
para no hacerlo, porque su María volvió al pueblo viuda y muy enferma. Su
marido trabajaba en una fábrica de amianto y entonces no se sabía lo malo que
era aquello. Durante media vida estuvo inhalando aquel veneno, estuvo
llevándoselo a su casa en la ropa y lo estuvo compartiendo con su mujer, hasta
que no puedo más. Entonces su nena vendió la casa, recogió los cuatro álbumes
de fotos y se volvió al pueblo a vivir donde su madre.
Cuando de luto riguroso se
bajó del autobús, llevaba una maleta no muy grande en una mano y una botella de
oxígeno portátil en la otra. Gracias a Dios no tuvieron hijos, su Antonio y
ella tampoco por desgracia, de los que tener que hacerse cargo en esas
condiciones. No hubiera podido y le habría tocado a ella. Ni la avisó de que
volvía, la vio por casualidad y no pudo hacer otra cosa que echársele al cuello
y llorar. Le pidió perdón, no tenía por qué, el conflicto lo provocó ella, y le
ofreció su propia casa, pero entendió que prefiriera ir a la de su madre. Ella
la había mantenido limpia y en orden todos estos años, como a ella le hubiese
gustado. Ya que no la habían podido vender, que no pensaran en el pueblo que
era una marrana.
Sabía que a partir de
entonces vendrían días en los que le tocaría, les tocaría, lidiar con los
impertinentes cuchicheos y habladurías de todo el pueblo: que si fíjate que
estropeada que está la María, que a saber la paga que le habrá quedado, que
mira por dónde las dos hermanas vuelven a mirarse a la cara, que si el Antonio
y la María de jóvenes se llevaron demasiado bien y a ver cómo se guisaba eso la
Adela, que si… chismes y más chismes con los que sabía que debía torear, aunque
la verdad, no le importaba lo más mínimo, porque el tiempo le había enseñado a
ver las cosas de otra manera y a dejar la prudencia sólo para quien la
mereciera y sus convecinos no eran precisamente los que se la merecían.
Ahora ya no tendría que
seguir manteniendo la casa de mamá, pero le tocaría atender a María, por mucho
que esta sacase su orgullo de hermana mayor y pretendiese valerse por sí sola...“María no digas
tonterías, lo pasado, pasado, sólo nos tenemos a nosotras mismas y por mi
marido ni te preocupes, a este le canto yo las cuarenta a lo más mínimo y lo
tengo más suave que un guante. La sangre es la sangre, y tú y yo somos de la
misma” –recordó decirle el primer día que fue a visitarla, una vez que ya se
había instalado en casa de mamá. En ese ensimismamiento se encontraba cuando
reparó en la hora que se había hecho y que la gente debía estar saliendo de la
Iglesia. No le importaba.
- Adela,
acércate a la puerta que te vean los vecinos, que no piensen que has dejado de
ir.
- A
mí plin lo que piensen y lo que digan. No creo que a estas alturas tenga que
dar explicaciones de mis idas y venidas.
- Mujer,
lo digo porque ya sabes que aquí son de cascar mucho y mal de todo el mundo. De
pronto aparezco y tú dejas de ir a misa.
- Para cuidar una
enferma, que es obligación de buen cristiano.
- Ya, pero es que
cuando se sepa se va a volver en tu contra.
- Cuándo se sepa, ¿qué,
María?
- Lo del dinero.
-
¿Qué dinero nena? Cuando vendamos la casa de la mamá, la mitad para cada una.
¿Qué dinero? Anda que con los cuatro duros que nos van a dar…
- Hay
otro dinero. Cuando mi marido se murió, había otros como él. Algunos antes de
irse pa’lante fueron a ver a una abogada muy buena. Le contaron lo que les
pasaba y ella los mandó a ver a unos médicos para que les hiciesen pruebas. Al
final mi Ginés se subió también al carro, porque esta mujer les dijo que
cobraba a resultas. Debió de ver la cosa clara porque na’ más que les pidió un
adelanto a cada uno pa’ cubrir gastos, y luego se quedaba con un porcentaje de
lo que sacase.
- ¿Qué me dices?
- Sí.
Se metieron en juicios con la empresa y aunque mi marío’ se murió antes de la
sentencia, a los dos días de haberlo enterrado nos llegó una carta. Nos mandaba
la sentencia y que habíamos ganado. Al final llegó a un acuerdo con la empresa
y le sacó un buen dinero a cada uno.
- ¿Qué me dices María?,
¿cuánto te ha tocado?
- Después de cobrar eso
y la venta del piso, me han quedao ochenta millones.
- ¿De euros?
- No
mujer, de pesetas. Yo me aclaro más en pesetas. Por eso te digo que van a
pensar que me estas cuidando por el dinero, porque lo de la casa de la mamá
también es para ti. Donde yo voy, no necesito nada. Sólo una cosa te voy a
pedir, con el dinero haz un Panteón en el cementerio para la familia. Sacas a
la mamá y al papá de los nichos y nos metes a todos ahí, también la urna de las
cenizas del Ginés. Y yo quiero que te hagas sitio pa’ ti y pa’l Antonio, si
quiere.
-
Eso tengo que hablarlo con él. Ya sabes que así de primeras me va a decir que
no. Tengo que ver cómo se lo cuento.
-Haz
lo que tengas que hacer. Yo en mi testamento voy a disponer que todo lo que
tengo sea pa’ ti, con la única obligación de cumplir con lo del Panteón, que se
tiene que pagar con parte de las perras que te dejo.
- No hables de eso por
Dios.
Y con ese títere, se fue a
su casa. Era mucho dinero, ochenta millones, y por lo menos por la casa de su
madre cinco más sacaban. Un dineral. Su Antonio estaba
recostado en el sofá con el mando a distancia en la mano, viendo ese concurso
en el que una bomba explota si no sabes la respuesta correcta. En la pantalla,
los rostros familiares de unos concursantes que llevaban meses y meses en
antena le crispaba los nervios.
- ¡Pero qué tíos más
pesaos, a ver si se fueran ya de una vez! –y sin mediar palabra apretó el botón de apagado del
televisor y se hizo el silencio, hasta que se oyó la enérgica protesta
masculina.
- ¡Qué coño haces!, que
estaban en la bomba final. Pon la tele, mujer, que me lo voy a perder…
cagoendiós –ladró
Antonio.
- Ni bombas, ni bombos.
Cállate y escucha lo que te voy a decir, imbécil, que eres un imbécil –ordenó Adela.
La mujer contó a su
marido, con pelos y señales, todo cuanto le acababa de narrar su hermana y
este, con el mando aún en una mano y rascándose los genitales con la otra,
preguntó, incrédulo:
- ¿Me estás diciendo
que la María nos va a dar ochenta millones de pesetas por hacer un Panteón en
el cementerio y sacar los huesos de tus padres? Vamos, la muerte del Ginés la
ha dejao’ como una puta regadera.
- Calla, anormal… pero
mira que eres burro. A ver si te enteras. Que las circunstancias hayan hecho
que volvamos a hablarnos María y yo, no cambia lo víbora que ha sido siempre.
Esa me quiere engatusar con el rollo de la herencia y va a querer sacarnos los
cuartos para hacer ese Panteón antes de que se vaya no sé dónde, con la excusa
de que cogeremos el dinero cuando ella se muera, pero a mí esto me huele mal.
Yo me tengo que enterar bien de qué va todo esto, porque esta nos la quiere
pegar y mientras tanto tenerme cuidándola día y noche.
- Mujer, ¿a Santo de
qué va a querer hacernos eso? Sabes que yo nunca he comulgao con ella, pero
está sola, no tiene a nadie y tan mala no creo que sea…
- No lo sabes tú bien…bueno
si que lo sabes, no me tires de la lengua… por lo pronto voy a ver si le voy
sacando cosas: que se pase el dinero a una cuenta de nuestro mismo banco y así
me pongo de titular con ella, con el cuento de que luego con el impuesto de sucesiones
ese, dicen que te toca pagar un pico; que a dónde se quiere ir; y a ver si me
entero también quién fue la picapleitos esa, que tu primo Román es también
abogado y seguro que se puede informar de algo. No me fío de ti, me oyes, ni de
ti.
- Que mala eres… pero
lo jodío’ es que te equivocas pocas veces. Anda, ponme la tele, coño, que me he
perdío’ el final y tienen que estar ya las noticias. ¡Y haz la cena, cojones,
que estoy desmayao!
- … si no fuera por mí...
Anda, pon la mesa...
Habían
pasado muchos años, pero era normal que Adela no se fiase de nadie. Cómo
hacerlo. A lo mejor su hermana creía que ella no se acordaba de la razón por la
que su marido y el suyo no se llevaban…o ella no podía soportar a su Antonio...
o porque salieron corriendo del pueblo. Su cuñao' Ginés los había pillado en un
cuarto de aperos cercano a la acequia mayor. María siempre negó que estuviese
haciendo nada con Antonio, no dejaba de ser el novio de su hermana, pero la
cosa se puso fea cuando el despechado tiro de navaja y le dijo a Antonio que le
iba a cortar los huevos. Tuvo que terminar interviniendo hasta el cura, que vino
a dictaminar que la culpa era de María que le había echado ojitos al Antonio y
se lo había intentado llevar al huerto. Aunque los dos implicados lo negaron,
la presión se hizo insostenible y Ginés le dio un ultimátum a María, o se
casaban y se iban del pueblo o se quedaba vistiendo santos porque estaba claro
que el otro mierda del Antonio, a su novia no la iba a dejar…a todo esto la
cara de Adela era un poema. La pusieron de cornuda pa’rriba y de tonta pa’bajo.
Y luego, a los años lo de la casa de su madre. Para fiarse estaba.
Le
pidió a Román que se hiciese cargo del asunto porque ella la veía delicada,
pero más que por enfermedad, por los años. Pasaron un par de semanas haciendo
el paripé, cuando el abogado llamó a su primo.
-
Macho
no te lo vas a creer.
-
¿Qué
pasa?
- María
tiene efectivamente ochenta millones, pero no son de un juicio ganado. Son de
un seguro de vida.
-
¡Qué
dices!
-
Lo
que oyes. Ginés no se fue pa’lante por amianto ni hostias.
-
Sorpréndeme.
- Accidente
de coche. La aseguradora estuvo con la mosca detrás de la oreja, porque el
seguro de vida se lo había hecho hacía cuatro siestas y parecía mucha
casualidad. Pero no pudieron demostrar nada.
-
Me
cago en el copón, me dejas muerto.
-
Muerto
se quedó el otro, el cornudo.
- Hostias
Román no me jodas que de eso hace media vida y fue una idiotez de zagales...
- Toda
la idiotez que quieras, pero en este pueble nadie había tocado pelo y tu
estabas hinchao’. Escúchame, no te fíes. Me da a mí que la aparición de ésta en
escena, teniendo dinero como tiene, no es casualidad y que no ha perdonado
haberse tenido que ir del pueblo. Y si no al tiempo.
-
No
si al final tiene razón Adela. ¿Qué hacemos Román?
-
No
firméis nada sin que yo lo vea. Eso de entrada. Y, por otro lado, creo que sería
lo suyo que tu mujer insistiese en acompañarla al médico a un chequeo. En esta
tarjeta tienes el contacto de un forense amigo mío. Le he contado la película. Él
no se dedica a esto, está en lo suyo, pero me hace el favor y os atiende para
examinarla como si fuera un especialista en tratamientos paliativos. A ver que
encuentra.
Si la hermana había sido
capaz de tener la sangre fría de firmar un seguro de vida y cargarse al marido
para cobrar la prima, la cosa era para tomarlo en serio. Tuvo que esforzarse mucho
en convencerla. Al principio se negaba, pero tanto insistió que no tuvo más
remedio que dejarse llevar. Le hicieron todas las pruebas del mundo, placas,
ecografías, analíticas de sangre, de orina, de heces…el amigo de Román, se tomó
la cosa en serio y les dijo en la consulta que les enviaría os resultados por
correo la semana siguiente, para ahorrarles el desplazamiento. Ambas le agradecieron
el detalle y ya que estaban en la capital, se acercaron a El Corte Inglés a dar
un borneo y ver el género, porque en su pueblo quitando la mercería y la tienda
de Ambrosio, poco más había…claro que tampoco lo necesitaban. No vieron nada de
su gusto, pero le llamo la atención a Adela ver a su hermana mirando de reojo
las bragas esas que parecen dos hilos, en el departamento de corsetería. No
tenía edad para eso…o ¿sí? Un pensamiento le vino a la cabeza, a ver si la
lagarta esta venía a terminar lo que ni pudo hace años…Aquella idea la embotó,
le subieron los colores y ruborizada, hizo por apartarse para que no se le
notase. Siguió todo el día con el runrún, sin poder dejar de pensar que las
casualidades no existen. Ahora bien, en unos días podría tirar de la manta,
porque los resultados médicos tenían que aclarar la situación.
- Adela, ¿puedes acercarte a casa que
han llegado los papeles del médico y no quiero abrirlo sola? - preguntó con la voz acongojada
María.
-
Claro.
Ahora dejó arreglada la cena y voy.
-
Gracias.
-
No
hay de qué
Le dio la explicación al
marido, al que llevaba unos días esquivando desde que se le había metido entre
ceja y ceja que era el oscuro objeto de deseo de su hermana…” Antonio, voy a
ver lo del médico. Luego te cuento”
Cuando llegó, estaba
cayendo la tarde. En la puerta de la casa, tenía su hermana dos sillas de anea,
para pasar la velada al fresco, pero no se iban a poner ahí con los papeles,
así que entró. Conservaba los recuerdos de su niñez entre aquellas paredes. La
entrada daba a un comedor, siempre en penumbra, con las paredes forradas hasta
más o menos la altura de la cintura con listones de un plástico verdoso, feo de
solemnidad. Era un motivo ornamental muy de los sesenta junto con los sillones
de skay, esos que se te quedaban pegados al cuerpo de Abril a Octubre. El
comedor daba paso a tres estancias, la habitación de sus padres que desde que
eran crías permanecía enclavada siempre, un cuarto de estar mínimo y al fondo
una cocina amplia que es donde se hacía realmente la vida. Como la casa se fue
construyendo como se pudo, ampliaron esa planta baja con un altillo, al que se
accedía con una escalera absolutamente irregular desde el propio cuarto de
estar. En ese espacio, estaban las camas de las niñas, y daba a su vez a una
terraza que ocupaba más o menos el espacio de la cocina, y donde su madre tenía
jaulas con conejos, pollos y gallinas. Otra escalera de peldaños desiguales
daba acceso desde esa azotea al patio interior donde desembocaba la cocina y
donde estaba el cuarto de baño de la casa…en total, si tenía sesenta metros
cuadrados mucho sería, distribuidos por los criterios que la miseria y la
necesidad dictaron a lo largo del tiempo.
- Pasa, estoy en la cocina – se oyó al fondo
-
¿Cómo
estás?
-
Algo
nerviosa la verdad.
-
No
lo has abierto.
-
Si,
lo he abierto.
-
¿Y
qué dice María?
-
Nada,
que estoy lista de papeles.
-
¿Dónde
esta que le eche un vistazo?
- Ahí dentro está – dijo señalando la vieja cocina de
leña, en la que se cocían unas bajocas mientras hablaban.
-
¿Lo
has quemado? Pero ¿por qué? No te entiendo.
- Adela,
yo no quería ir a hacerme pruebas ningunas. He ido porque insististe, pero ver
escrito lo mal que estoy, me ha revuelto por dentro. Yo ya sé que lo del
Amianto me estaba comiendo por dentro, que vivo encadenada a la bombona de
oxígeno, pero hubiera preferido pensar que era un mal sueño. Ahora ya sé que es
una pesadilla.
-
María,
¿de que murió Gines?
-
Ya
te lo conté.
-
Ya
sé lo que me contaste, pero resulta que Román, el primo de Antonio que es
abogado, nos está asesorando sobre el tema de la herencia…intentó contactar con
la abogada que llevó el pleito de Ginés, y para su sorpresa y la nuestra, no
pudo. Pidió el expediente laboral de la demanda colectiva en el juzgado y no
había ninguno. Luego, aprovechando que estaba allí mismo, visitó el registro
civil y se encontró con que la causa de la muerte de tu marido fue un accidente
de coche…
-
Adela,
perdóname. No quería que pensases que había algo raro…
-
¿QUE
NO QUERIAS QUE PENSASE QUE HABIA ALGO RARO!?, ¿PERO TU ESTAS LOCA O
QUE?...desapareces de mi vida, después de tirarte a mi marido en un pajar, me
dejas como la tonta del pueblo, me
impides vender esta casa y te plantas aquí no sé cuántos años después de no
vernos, diciendo que tu marido se ha muerto envenado y que tú vas por el mismo
camino, que me vas a dejar no sé cuántos millones pero que haga un panteón…te
llevo al médico y resulta que le pegas fuego a los resultados?.
-
Adela
yo no quería que pensases…
-
¿QUE?,
¿QUE NO QUERIAS QUE PENSASE?
- Que maté a mi marido para cobrar la
prima del seguro y he venido ahora aquí a recuperar mi sitio, en el pueblo y
con Antonio – le dijo
a bocajarro con una media sonrisa en la boca.
Desde ese mismo momento,
las tornas cambiaron, y los aires desvalidos que había procurado emanar desde
que se cruzaron la primera vez junto a la parada del autobús, se convirtieron
en una agresividad que la hermana no había visto nunca.
- ¿Ya no tienes ganas de gritarme Adela? – dijo tranquilamente, mientas que
cogía con disimulo la mano del almirez.
-
María,
que vas a hacer…
- …toda
una vida fuera de este pueblo. Yo aquí tenía familia, tenía amigas, tenía lo
que quería…hasta tenía a tu Antonio, que más tonto no se puede ser por cierto.
Siempre creyó que yo estaba enamorada de él, pero es que yo no era como vosotras,
pandilla de mojigatas. Desde que Don Enrique, si Don Enrique el cura, me metió
mano la primera vez y para callarme, me dio cinco duros del cepillo, vi claro
que a poco que abriese las piernas, los hombres de este pueblo me iban a dar lo
que quisiese. La pena fue que el imbécil de tu marido, se enamoró de mí, y me
puso en una posición difícil con Ginés. A nosotros no nos pilló nadie in
fraganti, fue Antonio el que fue a retar a Ginés como en las películas, a
chillidos en mitad de la calle, después de tomarse dos vinos. Cuando el propio
Don Enrique se dio cuenta de la que se estaba montando y la que se podía montar
si yo tiraba de la manta, convenció al cornudo de Ginés de que lo mejor era que
nos casásemos y que nos marchásemos de aquí, y que, para ayudarnos a empezar,
lo metía a través de un contacto del obispado, en la fábrica de amianto, y nos
daba cien mil pesetas para ayudarnos. En aquel momento, no me pareció mal. Era
dinero Adela, bastante hace cuarenta años, y salía de aquí…pero mi vida no fue
lo que imaginé.
- Pero
María, podías haberte divorciado, haber reemprendido tu vida en otro sitio.
-
Se
dice fácil. Ginés resultó ser menos calzonazos de lo que aparentaba en el
pueblo. Al llegar a la ciudad, digamos que se soltó la melena. Me tenía sujeta
en la casa, muerta de asco, mientras él se dedicaba a vivir la vida,
concretamente a bebérsela. Ni una vez ni dos, llegó a casa caliente y después
de darme una paliza, me folló sin compasión.
-
Por
Dios, no hables así…
- …no
te pongas monja Adela- dijo, mientras
frotaba la mano del mortero. Me follaba sin compasión, con maldad. Para
hacerme daño. Cuando venía borracho, quería hacerme sufrir y no me voy a
molestar en darte detalles, pero en más de una ocasión terminé en urgencias.
-
Porque
no denunciaste…
- …no
tienes ni puta idea de lo ha sido este país, ¿verdad? Que te crees ¿que era
como ahora? En una comisaría, todavía te arriesgabas a que el propio policía
llamase al marido para que te recogiese. He sufrido mucho. Han sido años, de
ver como desperdiciaba mi vida, mientras que tu estabas aquí. Con tu maridico, con la misa diaria del
fariseo ese del cura, con la hermana mala que tanto daño te hizo.
-
Eso
no es así.
- Si
lo es, sí. Una mañana le dije a Ginés que había pasado un comercial de seguros
para ofrecernos el de difuntos. Una noche que vino pasado de rosca, antes de
que me pidiera lo suyo, fui yo a dárselo…junto con los papeles del seguro para
firmar. Como estaba en otra cosa, lo hizo sin pensar y sin leer. A la mañana
siguiente, le dije que lo habían llamado del trabajo para hacerse la revisión
médica, y lo envié a la clínica que tenía concierto con el seguro…que no era de
decesos, era de vida. Así, a los pocos días llegó la póliza autorizada y
conmigo como beneficiaria, como es normal. Lo del accidente fue sencillo, bajé
la presión de las cuatro ruedas del coche, y aflojé el volante. Cuando quitas
el plástico del claxon, hay una tuerca gorda, tres en uno para aflojar y un
poco de llave inglesa, dan la holgura suficiente, para que un día, con
paciencia, se quede en una curva con el volante literalmente en la mano…tuve
suerte porque a la semana, en una curva cerrada, se salió. Aquí paz y después
gloria.
-
Pero
el seguro sospechó…
- Sí,
el seguro sospechó, pero no puedo demostrar nada. Adela, llama a Antonio y dile
que venga.
- ¿Para
que?
-
No
estás en disposición de preguntar nada. Dile que venga por favor. Si quieres lo
llamo yo…
-
Deja.
En mitad del comedor, al
lado de la que fue la habitación de sus padres, colgaba de la pared el viejo
teléfono negro. Descolgó el auricular, y marcó en la rueda central el número de
casa. “Antonio, ¿puedes venirte un momento? ...No sé, mi hermana quiere
hablar contigo…me da igual que esté el partido.. Antonio, es importante, vente”.
Colgó. En ese momento, cayó sobre su cráneo el atizador de carbón de la vieja
cocina de leña, se ve que en el último momento le resultó más contundente que
la mano del mortero.
Entró por la puerta de la
casa y llamó a su mujer a media voz. No recibió respuesta y se adentró en la
vivienda a oscuras, camino de la cocina. A mitad de camino, resbaló con algo y
cayó al suelo. Era la sangre viscosa de su esposa, aunque él no lo sabía. De
las sombras, salió María, que cegada completamente por una ira homicida
incontenible, volvió a dar otro certero golpe, abriendo en dos la cabeza de su
cuñado.
Sentada, a la fresca en la
puerta de su casa, se preguntó qué hacer, con dos muertos a su espalda, tres si
contaba al marido. Se levantó con parsimonia y aun sosteniendo el atizador en
la mano, echó a andar hacia la iglesia. En un atisbo de lucidez, recordó que
Don Enrique hacia diez años que estaba criando malvas. Así que se encaminó
directamente al cuartel de la Guardia Civil.
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Nota: Quería empezar este relato, que
además ha contado en algunos tramos con las manos y el talento de Paco Molina,
como una historia costumbrista sin más…pero lo bonito de escribir es que a veces las narraciones van creciendo y tomando sus propios caminos. A veces solas, a veces porque en el subconsciente algo hace CLICK...en este caso, recordé casi sin venir a cuento, sólo por los giros de desconfianza de la hermana pequeña, por el ambiente rural... la cantidad de asesinatos
extraños que se han producido y se producen en lugares así. Matanzas en las que nadie entiende
qué pasó, porqué pasó, a veces ni siquiera cómo pasó. Asesinatos como El crimen de los Galindos, que está a día de hoy sin resolver
oficialmente. O El crimen de los Marqueses de Urquijo, donde el presunto
culpable, seguramente no fuera el único autor…hay más historias como las de
María y Adela. Historias simples que se complican. “Historias de celos, historias
de gritos y besos de azúcar y sal” (que canta J. Sabina). Historias que de pronto
un día explotan por una razón u otra.
Recordaos como siempre, que la existencia
de cualquiera puede dar un giro trágico, si en algunas decisiones nos equivocamos
y a veces, la vida pasa facturas que nuestro bolsillo no puede pagar.
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