ESTADO DE ALARMA. Dieciocho meses y un día



Sentado dentro del coche apoyó la cabeza sobre el volante mientras trataba de relajar la respiración y dejar de sudar. Sentía deslizarse a lo largo de su espalda, un reguero húmedo que moría en la rabadilla. Menos mal que había tenido la precaución de ponerse camisa blanca y pantalón oscuro, así disimularía aquellas manchas incómodas. Mientras inspiraba profundamente intentando que el aire llegase hasta el diafragma, repasaba mentalmente lo que iba a decir. Sabía que si repetía una y mil veces el argumento, al final sonaría natural. Necesitaba aquel trabajo, pero tampoco era cuestión de machacarse con el mantra, porque el exceso de presión no lo iba a ayudar. Abrió la portezuela, se estiró los pantalones y se ajustó la americana…valor y al toro – se dijo, tratando de sonreír sin que pareciese una mueca.

***

Cincuenta y alguno, hijos adolescentes y año largo en el paro. Al principio los días fueron pasando con cierta normalidad. Intentaba que no se le notase la preocupación, pero a medida que se convirtieron en semanas y las semanas en meses, se encontró con esa “Insoportable levedad del ser” de la que hablaba Kundera. No soportaba a nadie, ni siquiera a sí mismo.

Lo primero que intentó al salir de la empresa, fue mantener la cabeza fría y examinar sus opciones. No era la primera vez que le sucedía y el mundo en el que tenía que pelear, no era ni de lejos el que disfrutaron sus padres. Después de treinta años de trayectoria profesional, daba la sensación de que esa experiencia y ese conocimiento no importaban o no contaban. El mercado demandaba carne fresca, gente joven, talento…o no necesariamente talento, recursos baratos. Por eso manejando el coche de empresa, que tan amablemente le habían dejado quedarse hasta el lunes, calibró todas sus opciones. Y no eran buenas. Los contactos que hasta hacía diez minutos, le habrían bailado el agua, una vez fuera no le cogerían ni el teléfono. Es triste, pero sabía que sería así. Tanto tienes, tanto vales…y si no tienes nada que me interese, directamente no existes. Fue mentalmente redactando un correo, explicando que el proyecto se había terminado, que era el momento de emprender nuevos caminos, que les hacía llegar su currículo, sin compromiso por supuesto…sabía que no podía mandarlo ese propio viernes, no serviría de nada, quedaría enterrado debajo de una pila de asuntos mil veces más importantes que el suyo. Lo mandaría el lunes, con suerte alguien lo llamaría.

Estuvo el fin de semana entero replanteando su C.V., puestos, competencias, responsabilidades, objetivos…cinco folios. Sabía que nadie pasaba del segundo, así que daba casi lo mismo lo que pusiera a partir de ahí, pero se negaba a dejarse en el tintero media vida. Al llegar el lunes, tal vez mandara cien correos. Lo llamaron tres personas. Le dieron el pésame y rápidamente ahondaron en los motivos de la salida, para poder contarlos. Estaba solo. No completamente, le quedaba su mujer, pero bastante tenía ella con sacar adelante cuatro cafres, cinco si se contaba él, para añadirle la preocupación de cómo llegar a fin de mes.

Cuando terminó de mandar correos, pasó al siguiente estado de su epitafio. Tomó su carta de despido, los papeles que le habían dado en la oficina, su número de la seguridad social y su carné de identidad y echó a andar a la oficina del paro. Aquel camino fue una tortura. Recordaba la crisis del 2008, las colas kilométricas en la puerta de las oficinas, la televisión grabando desgracias…ojalá no hubiera cámaras – pensaba, inocente- que lo sacasen en la tele para risión de sus antiguos jefes, de la competencia, de los amigos, de sus vecinos…no había nadie, claro, sólo una máquina fría que expendía números y le asignó uno que tardó dos horas en aparecer en una pantalla, para que lo despacharan en cinco minutos. Oficialmente ya era parte de la estadística. Después de cotizar treinta años y de haber ganado dinero, porque no decirlo, mil doscientos euros le esperaban y a los veinticuatro meses le cortaban el suministro. Dos años era una eternidad. Ahora no era buen momento porque estaba encima la Navidad - que hijos de puta echarlo en plenas fiestas- pero en cuanto arrancase el año, la cosa se animaba y pronto estaría de nuevo en la pomada, si es que no lo llamaban antes - pensaba…

La Navidad se hizo dura. Si hay algo jodido, es ver a la gente pasarlo bien cuando estás hundido, y es que en cada alegría se esconde una amargura. Con las campanadas, casi se atraganta con las uvas, deseando que un año después pudiesen celebrar una fiesta y no un funeral. Un año más tarde, la cosa aún era peor. Una extraña fuerza de la naturaleza se conjuró contra él, el mayor de los necios, y un virus extraño confinó a la humanidad en sus casas…Doce meses - se repetía mentalmente - doce meses. Ha pasado un año. Llevo trescientos sesenta y cinco días, sólo conmigo mismo. Había hecho todo lo que estuvo en su mano, actualizó perfiles on-line, se abrió cuenta en todos los buscadores de empleo, hizo cursos, se metió a refrescar el poco inglés que aprendió por su cuenta…pero el teléfono no sonaba antes de la pandemia, y después aún menos. Sólo quien ha experimentado la angustia de sentarse cada mañana a inventarse una jornada laboral, puede saber lo que se siente al llegar a la cama cada noche y pensar – hoy tampoco, tal vez mañana.

Cuando ya casi se había instalado en la rutina de un bucle macabro, sin más ánimo que sobrevivir a la propia desidia, sonó el teléfono. Número desconocido.

“Dígame…sí, soy yo…encantado de conocerla…efectivamente, ahora mismo no estoy trabajando…pues hace ya un año, ¡como pasa el tiempo! ...honestamente no sé qué sucedió, cambiaron al director general de la empresa…exacto…un cambio, otra visión del negocio…no, no, ningún problema, dejo dentro muchos amigos…treinta años de experiencia, sí… Hice ingeniería técnica industrial, pero nunca he ejercido. Empecé en el mundo de la construcción… buscaban jefes de obra con formación… efectivamente, sí, una oportunidad de empezar a trabajar…y he hecho mi carrera en este sector… ¿sueldo dice? Pues vera, yo cobraba sesenta mil euros anuales, bonus y coche de empresa…bueno, ahora mismo me veo obligado a bajar mis pretensiones posiblemente, si…algo razonable, no sé… inglés…estoy en ello. Me lo dejé un poco aparcado, es cierto… ¿el B1? ...eso es el carné de coche, ¿no? Si que lo tengo, claro y el de moto también…que no es ¿eso?...Certificación de Cambridge…pues no, no lo tengo no….ya…pero entonces para este puesto hace falta el inglés?...pero si es de delegado comercial de materiales de construcción y la empresa es española?...mire, yo contactos en el sector tengo muchos, a lo mejor eso contrarresta lo del inglés…cuanto dice?...a ver, dadas mis circunstancias y que no hablo inglés, de acuerdo que sesenta mil euros están a lo mejor fuera de mercado, pero me está diciendo en serio veinte mil?....pero ¿ha visto mi currículo?...de acuerdo, gracias... De todos modos, si hay alguna oportunidad que considere adecuada para mí, por favor, llámeme…”

Pasaron semanas antes de que se repitiera otro contacto similar y al final, se sintió forzado por la situación, por el coronavirus, porque la prestación se iba consumiendo, porque sus hijos no sospechasen…a acudir a entrevistas, que eran en realidad humillaciones. Reuniones donde una pizpireta veinteañera recién licenciada, se hacia pasar por consultora de selección intentando aparentar estar habituada a codearse con tiburones, dominar la situación y no estar cobrando novecientos euros al mes, con un contrato basura de tres meses. En otras encontró con el pseudo-ejecutivo agresivo, de vuelta de todo, que cada pregunta que hacía mirando de soslayo su CV, era un dardo de desconfianza…cuando lograba cruzar la frontera de los seleccionadores y llegaba a los recursos humanos de la empresa interesada, la rueda comenzaba a girar de nuevo…becario, haciendo de reclutador, administrativa recién ascendida, en modo directora de personal…y en cada batalla la decepción de no encontrar el interlocutor, el puesto, las funciones que se adecuaran a su perfil.

En el intento diario de no morirse de pena, o de asco, se dio cuenta de que cada vez tenía menos fuerza en sus contestaciones, menos seguridad en si mismo. Cada llamada era más dura que la anterior. Con la boca seca y pastosa, había veces que casi no podía hablar. Se sentía un fraude, y no sabía por qué. Cada vez más débil, menos entero, menos templado, su discurso se diluía entre una voz temblorosa y el deseo de que todo pasase rápido y la llamada acabase. Cuando podía controlar los nervios y lo invitaban a una segunda entrevista, pero ya presencial, la angustia y el pánico se apoderaban de él. En una lucha interna terrible, trataba de encontrar el valor para afrontar con entereza la siguiente prueba. Así en la puerta de algunas empresas, deseaba que se acabase el mundo, que el virus lo barriese todo y ese sufrimiento que lo poseía acabase de una vez. Sentirse pequeño, es casi tan malo como sentirse invisible y él no conseguía reconocerse en el espejo.

Sólo lo mantuvo en pie la responsabilidad de que algún día sus hijos necesitasen de su ejemplo para no rendirse. Si por el hubiera sido, se habría dejado llevar... Mucha gente lo hizo, y tal vez eran más felices. Pero el quería seguir peleando, dejarle en herencia a su familia el sentimiento de que eres el dueño de tu destino. Pertenecía a una sociedad que lo educó para triunfar, para acaparar, para presumir de lo alcanzado. Las empresas eran una carrera de obstáculos donde los más fuertes llegaban a la meta, que eran los puestos de arriba. No necesariamente llegaban los mejores, el principio de Peter siempre estuvo muy presente en la estructura de las organizaciones, casi al margen de su tamaño. Pero al final ¿que era el éxito en su pequeño mundo? Un sueldo que doblase el de la media, un bonus a final de año, coche de empresa y tarjeta de visita con un buen cargo. Posiblemente todo su desconcierto partía del propio fracaso. Había un fragmento de American Psycho que resumía ese sentimiento que mezclaba envidia, reconocimiento y rencor:

“Allen me ha confundido con ese idiota de Marcus Halberstram. Parece lógico, porque Marcus también trabaja en P&P y hace exactamente lo mismo que yo. También le gustan los trajes de Valentino y las gafas de Oliver People. Incluso vamos al mismo peluquero, aunque mi corte es ligeramente mejor.¿Cómo un idiota como tú puede tener tanto gusto?”

En una lucha de titanes intensa, se negaba a rendirse porque él había formado parte de los de arriba y ahora se negaba a entrar en el estrato de los de abajo. Todos sus miedos, sus complejos, sus anhelos se manifestaban antes de entrar a cada sala de juntas a reunirse con su juez, porque así es como se sentía, juzgado.

***

Cuando salió por la puerta de la oficina, se sentía mareado. Tenía que llegar como fuera al coche, sin tambalearse por si había alguien mirando. Abrió rápido la puerta y se sentó en la misma posición que hacia hora y media, con la cabeza apoyada en el volante que asía con ambas manos. Respiró profundamente, pero tenía un nudo en la garganta que le impedía tragar. Sentía angustia y la cabeza sutilmente embotada, como cuando estás bocabajo en la cama y te levantas demasiado rápido. Arrancó y se encendió la radio. Marcó el teléfono de su mujer. ¿Qué? – preguntó. Ya está – contestó con la voz rota- dieciocho meses y un día…me han contratado…ahora no puedo hablar, tengo que colgarte. Y sencillamente se echó a llorar. En la radio sonaba “Días amables”

(…)
Si nunca llegara
No hay nada de malo
Se cose, se canta y se aguantan los palos
Y entiendes entonces que acaba en calvario
Lo poco que puedas llevarte a los labios
Querías saber que se siente a este lado
Pues cierras los ojos y ves demasiado
Te mueres por dar aunque nadie te pida
A todos nos pasa una vez en la vida
(…)
VIVA SUECIA

                                                        ***

NOTA DEL AUTOR:

Los que somos hijos de la Generación X, nos criamos a la sombra del Baby Boom, de la entrada de la democracia en España, de las nuevas libertades, de la movida (madrileña y del resto de España). Asistimos al ensalzamiento de la cultura del pelotazo, a la beatificación y caída de Mario Conde, al nacimiento de la Ruta del Bacalao, al germen de vivir rápido, de consumir mucho, de que hay tres clases sociales: los que están arriba, los que están abajo y los de en medio que son en general grises. La mayoría de nosotros quiso estar arriba, muy pocos lo lograron y otros se quedaron por el camino. Cuando arranqué sin querer la serie de Estado de Alarma, en el relato Viernes, hablaba de un recién decapitado, al borde de la pérdida de la esperanza. En este he querido lanzar un mensaje de optimismo, desde la fé en que se puede salir, se sale, aunque cueste, aunque se gane menos, aunque te tiemble el alma, aunque sepas que vales mas y sabes más que el ECCEHOMO que te está entrevistando. Vivimos tiempos difíciles, pero, van a llegar los días amables. 

                                                                               Gracias cariño, sin tí hubiera sido imposible.

Comentarios

LO MÁS LEIDO

ESTADO DE ALARMA. Dar la talla

ESTADO DE ALARMA. Cincuenta días después.

ESTADO DE ALARMA. Jabonerías,17 (RELATO COMPLETO)

ESTADO DE ALARMA. Viernes

ESTADO DE ALARMA. La Corredora