ESTADO DE ALARMA. Uno de Enero




Salió al balcón y se dio cuenta de que llevaba un mes levantándose un uno de enero. Decía el Comandante al mando, que desde que se había decretado el Estado de Alarma, todos los días eran lunes porque no había fines de semana: “en la guerra no se descansa”. Puede que eso fuese aplicable a los que trabajaban, porque desde luego los demás, y hablamos de millones, vivían en un perpetuo uno de enero. ¿Por qué ese día? Porque recordaba bien la sensación de levantarse temprano y encontrarse con una ciudad desierta. Mucho más desierta que un domingo por la mañana y por supuesto que un festivo cualquiera. Año nuevo es extraño, hasta si has trasnochado la noche anterior. Lo vives dentro de una especie de limbo yonky, en el que no tienes muy claro ni la hora que es y tienes que recurrir a funciones básicas para centrarte: ¿he comido ya?, ¿estoy recién levantado o es la siesta?, ¿mañana es uno o dos? Si ese día es viernes y tienes por delante el fin de semana todavía tienes tiempo de volverte humano. Como sea domingo date por jodido.

Estaba pensando en todo eso y en nada, con la vista perdida en el tejado del edificio de enfrente. Afortunadamente no le había hecho caso a su mujer, cuando le dijo de cerrar el balcón y dárselo al salón como los vecinos. No tenían ni que pedir permiso al administrador, una vez que el primero había roto la veda y nadie había denunciado, ya podías hacerlo, al menos según su mujer. Se puso insistente un par de meses, pero consiguió esquivar el asunto, y gracias al cielo porque hora podía salir a acodarse en la baranda, fumándose un cigarro y viendo pasar la vida, o sea nada, enfrente. Estaba pensando en volver a fumar en pipa. En la desesperación de buscarse cada día un quehacer, ordenando cajones encontró una que le regaló su madre cuando tenía diecisiete o dieciocho años. Eran otros tiempos, fumar no era sano y más o menos se sabía, pero lo hacía hasta el apuntador. Se fumaba en lugares que ahora no le cabrían en la cabeza a ningún sobrinito preadolescente de la liga talibán antitabaco…se fumaba en aviones, trenes y autobuses. Se fumaba en la Universidad dentro del aula, incluso en el instituto si el profesor lo hacía y era progre. Fumabas en el cine y en el teatro, salvo prohibición expresa. Por supuesto en bares, restaurantes, cafeterías, discotecas…vamos que quitando las gasolineras, fumabas en todas partes, incluida tu casa. En su caso, había ciertas normas. Nunca lo hacía antes de desayunar ni antes de las diez de la mañana, jamás en el baño, nunca dentro del sitio donde dormía. No dejaba ni colillas, ni ceniceros llenos sin vaciar y además le daba asco el olor a tabaco en la ropa o en sus manos. Por eso le regaló una pipa su madre, porque el aroma del tabaco de pipa es agradable, unos matices dulzones inconfundibles, unas volutas de humo densas, casi aristocráticas. No sabía si habría o no tabaco de pipa en el estanco de debajo de casa. Seguramente no. Era el tipo de producto sofisticado, que difícilmente tuvieran ahí. Gominolas, máquinas de vapeo, papel de fumar y el Hola, si podías encontrarlos fácilmente, pero no creía que hubiese tabaco enlatado, con esa textura fresca en hebras que tanto distaba de la picadura seca de los cigarrillos. A ver si se acordaba y preguntaba, porque realmente le apetecía sentir esa punzada picante que deja en la punta de la lengua.

Cuando en algún momento todo esto volviese a la normalidad, tenía pensado salir de su casa,por su puesto sin su mujer, sentarse en un banco de algún jardín en el extremo opuesto de la ciudad y fumarse una pipa. Luego se acercaría a un bar, pediría una caña y una tapa y se quedaría contemplando los parroquianos. Eso sí, al primer comentario sobre el virus, la cuarentena, el paro o el gobierno se larga de nuevo a un banco solo. Se había acostumbrado a estar consigo mismo y lo último que le apetecía era escuchar a algún cuñao, dando un discurso sobre como se tenían que haber hecho las cosas y quien tenía la culpa.  Todo había cambiado y sin embargo estaba seguro de que cuando pasase, nada lo habría hecho, la gente volvería a ir a lo suyo.

En las crisis como Dios manda, el poderoso sale reforzado y el miserable sigue rebuscando en el fondo del plato. Si el sistema económico actual no colapsaba, todo volvería al lugar donde estaba antes de empezar, con la salvedad de que la clase media, que convierte una sociedad en avanzada y distingue el primer mundo y el tan nombrado estado del bienestar, sería la perjudicada. Los pobres no tienen nada que perder, precisamente porque no tienen nada. Y los ricos iban a tener más. Era la masa que quedaba en el medio la que iba a aguantar o no, la pandemia. En este país una familia no puede vivir con cuatro perras, principalmente porque nos han educado para que nos guste lo bueno, no somos tontos. Todos queríamos más. Más grande, más caro, más en el armario, más en la panza, más en el banco, más en la cama. Simplemente más. Además, lo queríamos por menos. Menos esfuerzo, menos sacrificio, menos órdenes, menos obligaciones, menos responsabilidades. Y eso es porque todos nos merecíamos al menos, lo mismo que el de enfrente y así lo creíamos y sobre todo lo deseábamos. Cuando se dejó de tener conciencia de clase y todos fuimos clase media, comenzó la debacle. Había clase media-baja, clase media-media y clase media-alta. Luego pobres y ricos. Cinco categorías, y el 60 % de la sociedad eran clase media, o eso creía. Cuando éramos críos la cosa era más fácil la clase media era la que recibía el extracto mensual de la tarjeta del Corte Inglés, la que esperaba a que el televisor en color bajase de precio y mientras tenía uno en blanco y negro, la que cambiaba de coche cada quince años. Esa que alquilaba en la playa una casa dos meses y la compartían con la familia. Los que comían los fines de semana en casa de los abuelos.

Eso lo echaba de menos, porque, aunque no lo había hecho cuando podía hacerlo, echaba en falta ir a comer a casa de sus padres un domingo. No había ni tertulia, ni grandes sobremesas, pero le hubiera gustado poder hacerlo, tal vez porque ahora no podía. Desde su balcón se acordaba de su pipa, de su madre, de sus abuelos, de los bares del centro, de aquella novia que tuvo antes de conocer a su mujer y que no veía desde hacía una eternidad. Se acordaba de tantas cosas, que había veces que le brillaban los ojos. Era toda una vida. A lo lejos sonó una campana, se iba a meter dentro.

Mañana sería otra vez uno de enero.

Comentarios

LO MÁS LEIDO

ESTADO DE ALARMA. Dar la talla

ESTADO DE ALARMA. Cincuenta días después.

ESTADO DE ALARMA. Jabonerías,17 (RELATO COMPLETO)

ESTADO DE ALARMA. Viernes

ESTADO DE ALARMA. La Corredora