ESTADO DE ALARMA. Se dejaba llevar
"Se dejaba llevar, se dejaba llevar por
ti.
No esperaba jamás, y no espera si no
es por ti.
Nunca la oyes hablar, solo habla
contigo y nadie más.
Nada puede sufrir, que no sepa solucionar."
Mientras le acariciaba la mano, le
tarareaba la melodía y no podía contener las lágrimas en sus mejillas. Tenía la
piel un poco áspera y notaba los surcos que las venas dibujaban en ella.
Cuantas veces se había acostado a su lado y se había dedicado a mirarla, hasta
que le pedía que dejase de hacerlo porque le ponía nerviosa. Repasaba cada
marca de su cuerpo, acariciándola suavemente. Con cada pasada, sabía que se le
escapaba un instante a su lado y no volvería ninguno. ¿Lo sentiría allí a su
lado o no? Quería pensar que sí. Ojalá que sí. Hacía días que había entendido
que era el final, y decidió pasar ese tiempo despidiéndose de ella. Lo hacía en
silencio, para dentro. Hay cosas que es mejor no decir, no quería venirse
abajo. Prefería que lo viera entero, no quería que se asustase. Porque la
muerte asusta.
Quizá en otra época habría sentido que
no era el final, pero a medida que se fue haciendo adulto primero y viejo
después, dejó de creer. Si existiese un más allá no se marcharía y lo dejaría
solo. Ya no era capaz de recordar nada que le hubiera pasado antes de
conocerla. Había dejado de tener vida anterior o mirándolo de otra manera,
había empezado a tenerla cuando la conoció. ¿Qué iba a ser de él? Tal vez se
moriría de tristeza. No sería un mal final, porque las historias de amor tienen
que acabar de alguna manera y esa era tan buena como otra cualquiera.
Levantarse sin ella, cuando lo hacía por ella desde siempre, no tendría
sentido. Seguramente se moriría de pena.
Suspiró y el corazón le dio un vuelco.
Aún veía subir y bajar el camisón sobre su pecho, atrincherado a su lado. La olió.
Siempre lo había hecho. A ella no le gustaba, decía que le ponía nerviosa, pero
siempre le gustó su olor, tal vez porque había momentos en que incluso no lo
tenía. Cuando se hubiese marchado, abriría los armarios buscando su ropa, para
hundir en ella la cara y llorar amargamente en la cama. Echaría en falta muchas
cosas, pero las simples, las más sencillas, lo volverían loco. Los pasos por el
pasillo, el sonido de la ducha, la radio puesta al fondo en la cocina, la
cafetera borboteando, el sonido de las perchas dentro del armario siendo reordenadas
y descartadas…su vida no sería la misma porque faltaría lo que le daba sentido.
Se filtraba la luz de la calle por las
persianas, las había dejado a media asta. Oyó pasar un camión. Sonaron campanas
en alguna iglesia. Tumbado bocarriba, levantó suavemente su mano, la condujo a
sus labios y la besó con ternura. Sentía el pulso débil en su muñeca y unas
ganas tremendas de decirle te quiero se apoderaron de él. Se lo dijo en
silencio, como tantas otras veces. Tenía tantas cosas que decirle todavía… No
me dejes solo. Por favor no te vayas. Quédate un poco más. Compañera del alma,
llévame contigo. Sin ti nada tiene sentido. Amor mío, estoy aquí. Cógeme la
mano fuerte que tengo miedo.
Suspiró más fuerte esta vez y pareció
dibujar una sonrisa. En ese último suspiro, ella le apretó la mano y él le
susurro en el oído, “Te quiero. Espérame en el cielo”.
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